Sin respuesta



SIN RESPUESTA

Pasan los años raudos como inasibles briznas. Camino hacia un futuro que es presente y pasado en un instante. Todo sucede ahora cada día más pronto. Pasan los años ágiles y el tiempo se reduce. Menguan las intenciones y se acortan deseos y perspectivas. Y cuántas sensaciones por descubrir aún. Cuántos interrogantes me quedan sin respuesta. Cuántas incertidumbres en torno a cuanto avisto a lo largo y lo ancho de la vida.

¿Qué permanecerá de lo que puebla el mundo? ¿Qué entidad poderosa regirá sus principios? ¿Quién filtrará las aguas? ¿Quién templará las hebras de la brisa? ¿Qué será de estas tardes de invierno tan desnudas cuando el frío no acuda a su geografía? ¿Cómo estará la tierra de exhausta y agrietada? ¿Quién dará azul al cielo? ¿Quién rubor a los frutos? ¿Quién al amor sus chispas? ¿Cómo fabricarán otoños y crepúsculos en los laboratorios? ¿Quién sustituirá al cuervo y a la garza? ¿Quién al manzano ardiendo de candor?¿Cómo será la lluvia de mentira?

Y cuando la mar muera, ¿qué artificio entrará en sus honduras? ¿Qué peces crecerán entre cemento y fibra? ¿Y quién recordará la pasión de los faros por las noches oscuras? ¿Quién la nostalgia de suelo firme que circunda las islas? ¿Qué podrá parecerse a una jornada hermosa de primavera? ¿Qué a la fragancia intensa de los espinos? ¿Saldrán flores de almendro de las fórmulas químicas? ¿Y qué de las montañas? ¿En qué despeñadero terminarán tumbadas? ¿Dónde se posará la nieve que se invente? ¿Existirá el mañana? ¿Dolerán los recuerdos? ¿Habrá nubes sin prisa?

¿Se borrarán acaso todos los caminos si es que no se camina? ¿Se licuarán los mapas con sus marcados límites? ¿Quién ornamentará de nuevo otra naturaleza? ¿Y quién diseñará la longitud suavísima de las serpientes? ¿Habrá serpientes, jilgueros, estorninos y avispas? ¿Qué significarán felicidad y angustia? ¿Para qué la veleta de los sentidos? ¿Sentir qué de la nada? ¿Cómo se accederá a la melancolía?

¿Nadie describirá jamás la dicha de estar vivo? ¿Nadie se admirará del majestuoso umbral del firmamento? ¿Persistirán la luna, los astros y el poniente y el mediodía? ¿De lo humano perdurará una huella? ¿Un mínimo vestigio de su talante? ¿Y qué será de Dios? ¿Dónde verter su sombra planetaria? ¿Cómo encubrir su presencia infinita? ¿Quién dará testimonio del gozo y del tormento? ¿Quién dotará de voz al abuso y la culpa? ¿Quién manifestará la frágil prontitud de la belleza? ¿Ni un corazón al menos? ¿Podrán exterminar la poesía?


A los de mi tierra



A LOS DE MI TIERRA

Canto a los de mi sangre. Canto a los de mi tiempo. A todos los que hicieron posible mi pasado. A todos los que dieron esta luz tan presente. Canto a los que prendieron la mecha que mantuvo la chispa de este largo trayecto hasta el futuro. A los que madrugaban y, con la vida al hombro, pasaban por mi casa camino de la mina, con los bronquios gastados, la mirada enterrada y un candil primitivo de ácido carburo. Canto a los de Gozón y sus contornos. A los que nos tallaron pegollos perdurables. A quienes nos legaron el pan con su salud y su filantropía. A los que nos labraron la tierra impenetrable con sus dedos tenaces y tozudos.

Canto a la amanecida de aquellos pescadores que cruzaban el alba con los remos y nasas, ‘gaxartes’ y ‘bistoncias’, ropas de agua y la dicha de compartir un chusco. Y a todas sus familias, numerosas y humildes, que tejían las redes y vendían la marea y recorrían los pueblos. Canto a su voz de madre y de mar cariñosa como la que se escucha, a lo lejos y cálida, en la concavidad de los turullos. A la costa que ciñe el talle de Bañugues y a sus acantilados, por donde se subía el guijo y la madera, la rucha, el mineral, y el salitre y el ocle y en muchas ocasiones los despojos, los náufragos, los lamentos y el luto.

Canto a todas las casas, habitadas y en paz, con hijos y balcones, con coladas inmensas y ropa echada al verde y gallinas y perro. Casas que desprendían olor a hollín y a esfuerzo, a pimentón y a humo. Con pasillos y cuartos desconchados y estrechos, donde dormíamos muchos. Casas llenas de amor, donde todas las tardes se escuchaba el batir de yemas para aquellas tortillas sabrosísimas. Casas con almanaques y recibos y radio, y un san Pancracio encima del contador de luz; sencillas y sin lujos. Canto a su cal bendita y a sus puertas abiertas noche y día, sin tregua. Sin tregua como cuanto nos dieron para siempre: honradez y razón, cariño y sentir puro.

Canto al paisaje hermoso donde aún me adormezco cuando quiero mirarme, saber de dónde vengo, recordarme radiante, altamente seguro. Y retorno al salitre y a la hierba cortada de la infancia; recorro sus parajes y hay rocío y bidones y eucaliptos y norte y toperas y gallos. Y humea el cucho. Y regresan mujeres con lechera y madreñas. Y se esconde la luna. Y soy feliz de nuevo. Y rebuznan los burros.

(C) Aurelio González Ovies

¿Será toda la vida mi vida así?


Padres, cómo lloran los ríos y los abetos. Cómo os llaman la miel y las almendras. Cómo os echan de menos el acebo y el alba, la niebla y el rocío. Cuántas horas tan lejos de vosotros. Cuántos años de ausencia y desconcierto. Cuánto tiempo baldío. Cuando diciembre asoma, cuánto calor al alma trae su frío. Enmudecen las cumbres y los establos, los viejos lavaderos, el musgo, el petirrojo. Todo calla y es hielo. Todo desprende copos de ineficaz olvido. Y vuestra lealtad respira en cada cuarto. Y vuestra gratitud, en cualquier gesto. Y vuestra voz aquí, conmigo, dentro. Siempre conmigo.
Cómo recuerdo ahora aquellas tardes dibujando tranquilo, en la cocina, siluetas de montañas y camellos y una estrella cometa que indicaba el camino. Cuánto aquellos momentos de paz, indescriptibles, en los que atravesábamos la humedad de los bosques y el tul de la mañana para encontrar un pino. Cuánto los altos muros de vuestros brazos alrededor de mí. Cuánto. Cuánta inseguridad en cuanto alcanzo. ¿Será toda la vida mi vida así? ¿He de rememorar un día y otro día la emoción y verdad de lo perdido?
¿Causa de tanto amor esta ceguera? ¿De desengaño acaso? ¿Os nombro a cada paso porque no soy capaz de avanzar por mí mismo? ¿Es carencia del ser que me acompaña? ¿Quizá debilidad y miedo a lo que espero? ¿Es cobardía pura? ¿Puro vacío? Dudo de todo cuanto llega y pasa. De todos cuantos dieron su nada y su egoísmo. ¿Es distancia o confín esta sazón? Cada día más aislado de lo que tengo cerca. Cada instante más cerca de los que habéis partido.

Encenderé la noche. Evocaré el pasado. Nada con más certeza que lo vivido: es diciembre en la tierra. Huele toda la casa a espumillón y a calma. En las calles ya empiezan a alumbrar las bombillas. Comienza a chispear la pena que desprenden los villancicos. Justo ahora os necesito más que en esa orfandad diaria en la que tanto me hundo y tanto os necesito. Venid, aunque no sea más que en forma de sombra, con carácter de humo. Acercaos al mundo. Hay soledad y luna. Y la mesa está puesta con el amor de siempre, con castañas y uvas y pan de higo. ¿Pero con quién dialogo? ¿Existe lo imposible? ¿Siguen vivos los muertos? ¿Os llegan estas súplicas? ¿Y todos mis deseos? ¿Reconocéis mi letra? ¿Las señas que yo tengo serán correctas? ¿Recibís las postales que os escribo?

(La Nueva España, 25-11-2015)

Paz y poesía






PAZ Y POESÍA

Aurelio González Ovies

Cambiaremos el mundo con paz y poesía. No lo duden ustedes, y recuerden: con paz y poesía, porque son alimento que nutre y no destruye. Son el sabor indispensable de la luz. Fuerza de la corriente y del amor. Esencia de la altura y todo lo que cubre. Paz y poesía en la leche materna y en las enciclopedias que los niños aprenden de memoria y por siempre. Y en los alrededores de las fábricas y capitolios donde unos se enriquecen y otros se pudren. Paz y poesía en los vacuos discursos de los que nunca callan y mienten con vulgares anáforas y pronuncian promesas menos creíbles cada día. Y en los grises vagones que bajan a la vida de millones de seres que no conocen más que el llanto y lo insalubre.

Paz y poesía en los caros altares de los patriarcas y en sus manos cargadas de oro y frenesí que distancia y destruye. En las flechas y el arco que aún siguen despoblando la foresta y horadando linajes. En los uniformes de los que están carentes de libertad y gesto y pan y lumbre. Paz y poesía para todos aquellos que, sin pasado, cruzan países y presente en busca de futuro. Para quienes aúllan sin cesar en una enfermedad hecha costumbre. Para los inquisidores y los gusanos y las manchadas manos del timador, el fratricida y el verdugo. Paz y poesía incluso hasta en los muertos y sus ojos hundidos y su aliento de azufre.

Poesía y paz desde este instante tan fugaz hasta la eternidad más infinita. Desde mis vastos deseos hasta vuestra unidad indisoluble. Desde que somos hasta que no estemos. Desde la lluvia hasta la fiebre. Desde los sentidos que nadie ha percibido. Poesía y paz para las semillas que todavía no se han creado y la soledad que nos aguarda y el árbol que aún no espurre.


Poesía. Paz y poesía para los salarios de los que no hecho más que herir desde un principio. Poesía y paz para el olor a cáncer y su sabor a herrumbre. Paz desde donde comienza la tierra y allá donde termina. Poesía en su vértigo y en todas sus fronteras. Poesía en las horas de espanto y del adiós. Paz en los itinerarios de los prófugos y las oscuras leguas que arrastran de techumbre. Poesía y paz en los polos opuestos y en las armas ocultas. Paz en las intenciones de cualquier corazón. Poesía en la réplica de todo el que pregunte.

(La Nueva España, 11-11-2015)

Otra vez octubre



(C) Aurelio González Ovies

Rima siempre en Cali, Colombia



A la pregunta ¿cómo enseñar poesía a los niños? que nos hicimos en Cali en una tarde como una sonrisa en septiembre 2015, dimos en la Biblioteca Departamental, muchas respuestas. Esta fue una de ellas, con el poema que Aurelio González Ovies nos envió desde Asturias para esa maravillosa ocasión colombiana en que bajo la gentil conducción de Julián Pérez Arias, fuimos VIAJEROS DE UN MISMO VERSO en el Primer Festival Internacional de Literatura OIGA MIRE LEA.
María García Esperón.

RIMA SIEMPRE

Hola, amigos míos,
grandes y pequeños,
vengo de un pueblo
muy lleno de versos.
Vengo de una aldea
donde todo rima
porque por el suelo
pasaba una mina.
Como una mina
es la poesía:
por debajo tiene
relleno de sílabas....
Los túneles riman
con los agujeros
y riman los cables
cuando sopla el viento.
Riman las cucharas
con los tenedores
y si tomas sopa
te sabe a colores.
Todo rima siempre
si lo miras bien,
riman los rieles
al pasar el tren.
Los pájaros riman
con la primavera
y la mermelada
es rima de pera.
Si tú te levantas
y bebes un zumo,
las naranjas riman
y te dan el jugo.
Lo mismo en Querétaro
que en este colegio
¿No ven cómo riman
paredes y techos?
Rima el pizarrón
si escribes con tiza
y por eso salen
palabras de harina.
La luz rima cuando
enciendes bombillas
y con cuatro patas
se rima una silla.
Los zapatos atan
rimas de cordones,
las camisas cierran
rimando botones.
Es muy necesario
que rimes el mundo
para que las cosas
tomen otro rumbo.
Los cristales riman
en una ventana
y por eso entran
rayos de mañana.
Los jardines riman
gracias a las flores
y los caramelos
con muchos sabores.
Cuando riman nubes
que no están contentas
caen chaparrones
y llueven tormentas.
Cuando uno está triste
y escribe una rima,
salen en sus labios
bombas de sonrisa.
Fíjense un día
en una lechuga,
verán cómo rima
con alguna oruga.
Fíjense un día
con mucha atención,
verán cómo riman
el pie y el balón.
Fíjense, en serio,
verán cómo riman
el olor a casa
y nuestras cocinas.
O en los espaguetis
todos enrollados:
son como si fueran
versos muy delgados.
Si el mundo no rima,
la tierra no gira
y habría que engrasarla
con betún de rima.
Si muere la rima
que tiene la tierra,
los hombres se enfadan
y suceden guerras.
Tienen que rimar,
rimar y rimar,
porque el amor
rima con la paz.
Rimar y rimar
derecha y revés
para que la vida
sea lo que no es.
Rimar y rimar
hasta ser mayores
y serán gigantes
nuestros corazones.
No lo olviden nunca:
todo es muy rimoso
y todo depende
sólo de nosotros.

(C) Aurelio González Ovies

Todo atrás


(C) Aurelio González Ovies

Días hermosos



DÍAS HERMOSOS

Todavía no sabíamos cuánto duele la vida. Eran días hermosos bajo la luz de agosto. Días largos, radiantes. Distintos, muy distintos. El prado de la fiesta era un gran espectáculo, mientras nuestros paisanos construían el palco y la barraca con toldos alquilados y troncos de eucalipto. El mundo debía de detenerse. Las casas relucían encaladas. Y por cualquier rincón se olía el olor entrañable de los guisos. Estruendo de la pólvora, música y altavoces, emoción y verano. El pueblo se llenaba de ruido y colorido. Banderines colgados de los postes y árboles, espadañas tiradas por el suelo, tendejones con mesas preparadas. Llegaban los parientes. Traían muchas cosas. Y dormían con nosotros nuestros primos.

Las primeras verbenas siempre eran un encuentro. (Es todo plenitud y regocijo: gente que no se ve desde hace tiempo, gente que apenas sale de su hacienda y su entorno. Hay mujeres que van con rulos en el pelo, hombres con la chaqueta en un hombro doblada. Hay ancianos que miran con mirada de adiós. Niños que corretean y se ríen y dan gritos. Hay petardos y luces, avellaneros, brisa y padres que saludan a sus críos risueños cada vez que da vuelta el tiovivo. Hay lanchitas y un blanco furgón del heladero. Y muchos portugueses con autocaravanas que venden caramelos, tabaco y revoltijos. 

Ropa nueva en la misa y procesión y cánticos. Y gaitas que amenizan el fragor del domingo. Hay tambores y sidra. Y bailes y tonadas. Y un billete en el bolso para comprar a gusto. Hoy es como si todo nos fuera permitido. Hay globos que se escapan, voladores que explotan. Y hay calor y barquillos. Y paquetes de chufas y relojes de plástico, caramelos de nata y de anís y ‘ronchitos’. Hay juegos anunciados para mañana, lunes: un concurso de tiro de cuerda, carrera de madreñas y sacos y borricos). 

Qué rápido pasaba. La mañana del martes era triste y callada. Desarmaban la tómbola y el tiro. Algún perro husmeaba la basura. Y nosotros sondeábamos la hierba en busca de monedas, perdigones o de objetos perdidos. Todo un año esperando que llegara otro año, y otro año más que ya había sucedido. No se entendía el silencio que quedaba en el aire. No parecían lo mismo ni el pueblo ni el maizal ni el cielo ni el camino. Todavía no sabíamos lo que nos aguardaba ni si la ausencia era recuerdo a cada instante o permanente olvido.

(C) Aurelio González Ovies

Nun mires más allá




Nin vellocinios hai, nin unicornios.
Nun busques más allá de lo que ves
delantre.
Nin príncipes qu'abracen el so palaciu
en ruines,
nin pegasos nin monstruos
nin sapos que despierten con dos palabres
máxiques.
Nun mires más allá de lo que ta
cegándote.
Too ta equí, nesta estaya la vida,
nesta ñube que cruza,
nesti sol que se tapa,
nesti yá, nesti agora.
Na ilusión d'esti instante.

Y más allá,
va ser siempre
o mui ceo o mui tarde.

Deudas



DEUDAS

Hoy advierto algo más de lo que soy. Gracias, palabra. Los versos me han sabido aleccionar. Me han enseñado el mundo de otra forma, más por dentro y más a fondo, como desde un pecho ajeno, como desde un altozano. Con poemas en mí, caminé de la mano de una luz incorpórea que iba poniendo nombres a las cosas. Desde la hermosa etapa en que me entusiasmaban las libélulas y los picos astutos de los grajos. Desde los días aquellos en que olían a membrillo las tardes de septiembre y me daban tristeza los ovillos de lana y las ventanas viejas. Gracias, verbo. La poesía entonces ya me estaba esperando.

Lo que soy se lo debo a este largo camino que parte de un domingo de febrero desde mil novecientos sesenta y cuatro. A un pueblo no muy grande –entonces paraíso de extensión infinita– con casas a ambos lados de una senda de barro y escombro pisoteado, varado en un costado del Cantábrico. Un pueblo: gallineros y huertos, paneras y chamizos, caserías y pomares, patatales y ristras, antojanas y aperos, corredores y ropa, nabina y perejil, maíz y espantapájaros.

Pero cuántas más deudas he de reconocer. Cuánto deben mis ojos a las olas y al viento y a la niebla encendida y al rumbo de los barcos. Cuánto me iluminaron aquellos labradores que guiaban el carro y me hablaban de lunas y menguantes y acertijos de álgebra. Suyos serán mis versos con más hierba. Suyos también serán los poemas más humanos. Cuánto debe mi voz a la voz de los otros, a los que nos contaban cómo habían cambiado los años y la vida, a los que hacían el pan y repartían pescado, a la humildad tremenda que sangraba en las grietas de sus rostros y manos.

Cuánto, palabra, cuánto. Cuánto de lo que soy –mineral, carne, orvallo– lo soy, pero lo debo. A aquellos marineros que surcaban la paz de la mañana cuando aún no habitaba la tierra más que el tiempo. Y a aquellas enlutadas figuras de paisaje que igual que tendían al verde que esparcían el guano. Cuánto soy de la mina y cuánto de la brea, cuánto de todos ellos. ¿Cuánto de mi mirada es heredad legítima? ¿Cuánto de lo que escribo se posa como el polen del árbol de mi origen y cuánto en realidad me brota a mí del alma?¿Y cuánto de mi canto da fe de lo que fueron o fe de lo que pasa? ¿Cuánto?

(C) Aurelio González Ovies

De amore



DE AMORE

Las naves del amor parten al alba. Cuando los corazones de los hombres están más cristalinos y no se escuchan más que el fragor de las olas y el tesón de los faros. Cuando aún no hay ni pájaros ni dolor a la vista. Parten con galeradas de mensajes bellísimos y atractivos volúmenes de entusiasmo y respeto. Lentas, custodiadas por sal y por gaviotas, avanzan hacia el amanecer del territorio humano. Y allí descargan júbilo y urgentes embalajes. La Humanidad está carente de verdad y de aliento.

En el amor yo advierto cómo saltan los corzos desde octubre a tus brazos. Cómo bajan los ríos a recorrer tu risa. Y todo lo posible levanta en ti su vuelo. Presiento cómo el bosque deshoja infinitud. Y el otoño abrillanta el eco de su púrpura. En el amor la vida es muy distinta. En todos los pasillos la libertad transcurre. En todos los espacios hay luz para el afecto. Los colores se asoman más que nunca. Aminora el temor y agigantan las fábulas. Surgen a cada paso pretensiones y metas. Rutas inacabables, impensables paisajes. Y todos los caminos nos allanan el suelo.

Hay tempestades en el amor. Borrascas necesarias, vendavales clementes. Y consecuentes lapsos de bonanza y silencio. Y estaciones sin nombre de tan indescriptibles. Y noches estrelladas con la tez más hermosa que pudiera mostrar el firmamento. Hay jornadas tan nítidas que se ve hasta el olvido; se perciben los huesos de la fugacidad. Y nos sentimos dioses; por un momento, vastos, con ardor de volcán, con anchura de mundo, con entidad de océano.

En el amor florecen la fiebre y la inconsciencia. Pero el tiempo acaece con premura distinta. Como siempre y en todo, con prontitud de vértigo. Y en un cerrar de ojos lo que era ya no es. Y en cada proceder nos devora lo efímero, nos oprime lo eterno. Son más breves las rosas. Es más alto el abismo. Nos hiere más la brisa que jamás pasará. Nos quema más la hondura de los versos. Y entendemos mejor la nada que nos urde. El amor tiene forma de palacio encendido y desprende un aroma de plenitud y fuego. Lo mejor es vivirlo intensamente entonces, cuando llega y se posa y nos deja rozarlo y construirle un nido y protegerlo. Lo peor es mirarlo, asumir su vejez, descubrirlo sin fuerzas, aceptar que es la hora, como siempre y en todo, de besarlo y perderlo.

(C) Aurelio González Ovies

Se necesita un ser: la poesía de Aurelio González Ovies en Foro Confabulario

Vengo del Norte


Poesía... eso que aprende el corazón, dijo Jacques Derrida. Y también dijo: "Yo soy un dictado, pronuncia la poesía, apréndeme par coeur [de memoria], vuelve a copiar, vela y vigílame, mírame, dictado, ante los ojos: banda de sonido, wake, estela de luz, fotografía de la fiesta de luto..." Los versos de Aurelio González Ovies no son pertenencia a los papeles, sino forma y contenido de la Memoria. Memoria... Mnemosyne... Canta, oh Musa y envuélvenos en el viento sagrado de tu voz, llévanos a tu libro, que es el Norte de los Nortes al vuelo de un solo segundo.



La magia surcó el espacio blanco habitado de azul y envuelto en un manto de lluvia del Foro Confabulario en San Juan del Río. Los versos de ese libro, Vengo del Norte, recorrieron a pie caminos que no se veían, pero que se sentían partir del mismo principio de eso que se llama corazón. El corazón de todos. Otra vez la tríada que se ha venido develando entre nosotros: VOZ PALABRA CORAZÓN.  Tríada que escapa a la voluntad, a la planeación y a la intemperie y que levantó sus alas en esa tarde lluviosa de la librería que cumple un año, un ciclo completo de siembra, de agricultura en los campos de la palabra. Era natural que la Poesía accediera a descender del Norte de los Nortes para convertir el lugar en un diamante o en un aleph, en una cueva del sagrado viento y en una Palabra fundadora. Mirada en la mirada, mano en la mano, los versos se dirigieron a cada persona y en nombre de todos los que recibieron esa luz, el padre de una niña de 12 años, al finalizar el tiempo del encuentro poético, agradeció con lágrimas en la voz y ojos temblorosos las palabras de Vengo del Norte que fueron dedicadas a su hija.

Ese círculo cesó y siguieron otros. La celebración de aniversarios rebosaba diversidad y voluntades. Y volvieron las letras del poeta asturiano en otro tono y para ese destinatario por el que todos trabajamos: el niño en el hombre. Los versos de Rima siempre, que hace 5 años fueran adaptados levemente para los niños de Querétaro fueron acompañados en vivo por ese Orfeo mexicano que es el pianista y compositor David García. Versos que con ligereza de ángel y en risueño tono tocan la esencia de los poético, la escritura misteriosa que urde el mundo en bellezas y sentidos





Pero Se necesita un ser... y esa necesidad del Verso que nos circunda nos enlazó casi al final de esas dos horas y media de palabra. Ya los policías del Programa de Lectura y Prevención del delito se habían comprometido, desde el día anterior, para unir muchas voces en una sola mirada y aprender para el corazón el poema Anuncio por Palabras, que también fue ofrendado a los asistentes confabulados en un único sentir de belleza, y que se vieron ocupados, como Elvira Velázquez, la directora fundadora de la librería, en el maravilloso ejercicio de calcular el radio de los besos...



¿Cuál es el alcance de esta irradiación poética bautizada de lluvia? ¿Será incalculable, tanto en el tiempo como en el espacio? El espacio y el tiempo que se levantaron esa noche de la poesía voz-palabra-corazón de Aurelio González Ovies nos protegerá por siempre del olvido y nos ha escrito también para siempre en las páginas que vienen del Norte.

Los poetas



LOS POETAS

Los poetas, si existen, conocen el pasado del agua y de la brisa. La premura de su naturaleza. Frecuentan el dolor y la esperanza. Los poetas, si pueden, sangran sobre las rosas. Hablan por las caléndulas y los albaricoques, transmiten su bondad, anuncian su grandeza. Invierten su silencio en la salud del cosmos, en buscar equilibrio entre el tiempo y la nada, entre el frío y la nieve. Ellos sufren en todo lo que late y respira. Sufren por la madera de las barcas que pudren y por la dura roca que perforan las máquinas. Por la fragancia a mayo y a madreselva. Comparten su tristeza con el trino del alba y el camachuelo, transfieren su belleza a la inexactitud de la palabra. Ellos son los que impiden el olvido y el nunca y las noches perpetuas.

Buscan en todas partes las huellas de la luz y en todas partes plantan una estrella. Preservan lo que aún queda de nosotros, del pájaro y la lluvia. Contradicen el humo y sospechan las fechas de la fugacidad. Por eso escriben con voz de vértigo. Por eso miran con mirada herida y en la bonanza no se enaltecen. Por eso añoran instantes idos y cifran en el pasado su total permanencia.

Los poetas, sin duda, no pactan con el mundo ni con los comandantes. Ni con las devociones y sus falsas sirenas. Huyen de los corrillos y los aplausos. Se sienten menos solos en soledad, se apartan del fervor y la simpleza. Cantan sobre su abismo el inmenso abandono de los seres humanos e insinúan plegarias firmes como la roca, efectivas y eternas. Registran las ausencias y los aconteceres. Asumen lo que ven y le dan nombre. Prevén lo que será y le ponen letra. Sólo ellos suponen los sueños de los árboles y el sabor de la sombra y el cansancio del sur y las veletas.

Persiguen las imágenes, que apenas se mantienen, la verdad que se esconde detrás de cada espacio, la pasión que germina dentro de cada gesto de la tierra. Comprenden el asombro y propagan sus símbolos, dispersan sus vilanos. Aman la distorsión y la extrañeza. Procuran cercanía sin proximidad, confianza y cariño no en exceso; y pretenden el bien sin beneficio. Y quisieran que nada vedara libertad, que nada envenenara, que nada entorpeciera. Que nadie fuera un poco más que nadie. Que nadie defraudara. No saben de negocios ni de timos. No son conscientes nunca del precio, la casta o la ralea.

(C) Aurelio González Ovies
La Nueva España

Para María García Esperón




PARA MARÍA GARCÍA ESPERÓN. MADRID, 19-5-2015

Aurelio González Ovies

A María le debe la Antigüedad un mito,
una ensenada próxima a la palabra tiempo
y el laurel más frondoso del silencio de Ítaca.

De María fabrican en Fenicia fragancias
y le han puesto su acento a los mejores vinos.

A María le ofrendan las estatuas su estima
y, al escucharla, forman un esplendente séquito
por su cadencia urdida con vocales marinas
y tinte del instante más puro y más intenso.

Por su voz invasiva como un bancal de niebla.
Por su arraigo de olivo en las antiguas fábulas.
Por su pasión tan cóncava como un palacio inmenso.

A María le debe Virgilio unas proezas. Y Roma unas lucernas
y unos mansos corceles
y Alejandría epítomes donde prendan papiros en la humedad
del verso. Y Tiro velos tenues tejidos con la estela
de trirremes y naves. Y Micenas dos tardes de siroco y crepúsculo
por los brazos de Homero.

A María le gustan las diosas que se peinan en el humano espejo
de la aurora
y añoran la textura del agua y la resina.
Las diosas que recuerdan su casa y su pasado,
sus ocas vivarachas, sus matas de romero
y el retorno tranquilo de los bueyes rendidos
y el olor de los lienzos batidos por la brisa
y el romper de las olas sobre las escarpadas riberas de Cartago
y las manos de un padre veraz y consejero.

Le entusiasman las diosas que piensan con temor la muerte inexorable
de sus seres amados
y ambicionan la púrpura de los días comunes,
los almuerzos que bullen en las humildes redes,
los hermanos que aguardan con el pan en la mesa.
Diosas desengañadas, anónimas y esbeltas como el ciprés de Jonia.
Diosas de carne y hueso.

A María le hechizan los dioses que sonríen y sueñan con sembrados
de paz y espantapájaros, con los antepasados
que les forjan sandalias bajo una higuera anchísima,
y los fieles muchachos con los que recorrieron su infancia
luminosa.
Los dioses que aún lloran, sin pudor ni desmérito, al mirar las estrellas
bajo una noche vasta
de verano y chicharras
y se encuentran tan solos que darían su reino a cambio de un abrazo
o de una hora de vida verdadera.
Los dioses que quisieran asomarse a los puertos y empaparse en la plata
de los peces muy frescos.
Los dioses que a menudo, sin reverencia alguna, visitan las tabernas
y narran su rutina sobre un mármol tallado o el hombro de un paisano
con quien toman un trago.

Le atraen las heroínas que caminan descalzas y sienten en sus pies
el calor de la arena que pisa el pescador o la esposa bendita
que recolecta algas y finas caracolas. Las que tatúan su carne
la efusión que lleva
a cruzar los océanos por el amor de un día y un tacto para siempre.

A ella le fascinan los héroes que pierden un feudo y una gloria
para ganar un beso.
Las verdades perpetuas, los épicos mensajes
de un hexámetro en flor;
le inflaman los dialectos que desprenden salud,
los príncipes que vuelven a su pueblo y su ayas.

(Por todo ello, María, gracias desde los clásicos
y desde aquí y ahora.
Gracias por acercarnos a estos mapas lejanos
y a estos nombres tenaces.
Gracias porque ellos viven
a través de tus cantos y de tus letanías
y de estar menos muertos).


Vengo del Norte en Santa Marina de los Cuclillos


Pablo Álvarez coordina un entrañable taller recital sobre Vengo del Norte, de Aurelio González Ovies, en Santa Marina de los Cuclillos, parroquia del Concejo de Sieros, Asturias.

El 25 de mayo de 2015 en un enorme regalo de la vida, pude asistir al Taller Recital que Pablo Álvarez venía preparando en la hermosa comunidad de Santa Marina de los Cuclillos, con un grupo de personas entregadas a la poesía y a la magia que desprendieron los versos y la persona de Aurelio González Ovies.

Quienes conocen personalmente al poeta ya saben que es todo sencillez y humanidad. En esa ocasión cada objeto y cada gesto, cada persona desprendía una fragancia de verdad, cada palabra era Evangelio y tanta sinceridad componía un bello poema humano que era el espejo de ese Vengo del Norte, libro precioso nacido de la vida y devuelto a ella esa tarde mágica.

Hay algo aquí parecido al olor del infinito, que es uno de los versos del poema, era ahí también un olor de Eternidad, de tiempo original, ascendente, bautismo, comunión, sacramento, vida. Todos lo sentimos, cada quien desde su momento y desde su mundo interior. Era un don, un don del Tiempo o del Destino o de la Palabra y conversaban como si tal cosa, con Aurelio, que también habían masticado la cal de las paredes y visto estrellas de carburo en el alumbrado rural y el sentido que hay en todo y que está deletreado -lo sé, lo juro- en ese Vengo del Norte sembrado de bellezas, de seres humanos, de  tierra y trascendencia, de exilio y bondad, nostalgia y camino.

Algunas personas encuentran en determinado libro una vivencia de eternidad. Abro las páginas de Vengo del Norte en cualquier formato y se encienden todas las estrellas del firmamento del alma. Ver el libro en su edición primera y única sobre esa mesa cubierta con un mantel a cuadros, rodeada de personas de rostro verdadero, sin artificios ni poses literarias, con Pablo redondeando las sesiones previas que había tenido con ellas, el mismo Aurelio tan grande en su humildad como siempre... que esa escena ya es también para mí página de este libro infinito con todas sus estrellas encendidas. Yo estaba literalmente encantada, pensando que esa página era la del primer segundo de la eternidad, como el monje de la leyenda que escuchó cantar a un ave y vivió mil años felices en un instante tan solo.

Compartimos además una merienda deliciosa, fluyó la sidra, y una señora que en realidad era un hada confeccionó unas deliciosas galletas con las letras de Vengo del Norte. Otros seres mágicos había, poseedores de un tiempo interior diferente, que Aurelio entiende bien, siendo uno de ellos su maestra. Y presencias invisibles, cuyo aliento y amor podían sentirse en esa tarde asturiana donde la Palabra del más grande de los poetas nos entregó, breve luz para siempre, la vida verdadera.

(María García Esperón)



















Sólo lo fugaz permanece

Desde mi corazón

Falsa perspectiva

De nuevo, Penélope



DE NUEVO, PENÉLOPE

(A la mujer que habita en un banco de Pumarín, en Oviedo)

Espera desde hace meses en La Plaza de la Once. Lleva dos grandes maletas y un paraguas y un sombrero. Lleva lentes y un abrigo. Lleva una mirada triste, como muy sola y cansada. Botas blancas y tejanos y una trenza recogida por la tela de un pañuelo. Cuando el sol calienta mucho se recuesta en una almohada, sobre el césped del parterre, a la sombra de un morero.

Espera como quien sabe que nunca pasará nada. Como quien tan solo espera por agotar la rutina de tantos días enteros. Espera desde temprano y se pasa las mañanas reclinada sobre un brazo, en detenido silencio. Bebe unos sorbos de agua. Observa. Ve cómo vamos, venimos; ve la prisa que nos ata nada más amanecemos. Cambia de banco, coloca las maletas y el paraguas. Come con desgana y echa trocitos a las palomas. Y dice adiós a los niños. Y saluda al barrendero.

La gente observa extrañada. ¿Quién será, de dónde viene? ¿A quién aguarda tan tardo? ¿Qué busca con tanto empeño? Nadie se acerca y pregunta si está bien o necesita que le echemos una mano. Nadie conoce su historia, ni su cómo y hasta cuándo. Quizá sepa de nosotros más de lo que nos creemos. Porque lleva ya dos meses sin moverse, allí, observando cómo cruzamos jornadas, cómo pasamos la vida cual autómatas auténticos.

Habla inglés. Me han comentado que es educada y cortés. Al parecer, sueña con ser algún día presidenta en Reino Unido. Y mientras tanto ahí está, con su pose y su sombrero. Con su equipaje y gabán. A la espera, en su mudez. Pide una casa y calor y un trabajo, si es posible, que es lo que en este país, tan avanzado y flamante, no tenemos.

Aurelio González Ovies
13 de agosto 2014
Cartas al Director
La Nueva España

Poemas humanos


Quiero hacer poemas

con realidades,

donde solo duela

que no sufra nadie.


Con protagonistas

de cuento y de calle,

con mentiras miles

y ciertas verdades.


Poemas donde entren

todos los que salen,

todos los que sobran,

todos los que saben.


Poemas con asnos

y con majestades,

con estrofas jipis

y anáforas panquis.


Con muertos de risa

y devorahambres

y flores que huelan

a síndrome de ásperger.


Poesías libres

con talla de circo,

con altura de ave,

con verdad de amigo.


Poemas muy simples

con cara de pillos,

con alma de fiesta

y salud de libro.


Donde quepa el zurdo,

el famoso, el bizco

y el listo más tonto

y el torpe más listo.


Quiero hacer poemas

como un día de a diario,

con gente corriente,

con buenos y malos.


Con días azules

y meses nublados…

Ustedes me entienden:

poemas humanos.

Año necesario



Año necesario

Tendrá que ser pronto, porque es necesario. Ahora, quizá, sin demora alguna. Sin más dilación. Reventará un año y emergerá un mundo diferente y próspero. Una sucesión de siglos triunfantes. Un ciclo propicio para los jirones de la libertad y las trabazones de los sentimientos. Una época íntegra con aire muy puro y corazón sano. Y de este futuro tan próximo y ruin, tan opaco y frío, tan mediocre y yermo, tan timado y lúgubre, haremos pasado. No puede atrasarse. Ha de suceder. Tendrá que ser ya. Urge su llegada. Estamos cansados.

Volverán los campos a sentir el silbo de los labradores, la azada el grosor del hambre y la siembra, y el amanecer el canto del gallo. De nuevo estarán los pueblos repletos de humanos radiantes, las aldeas pobladas, las cuadras calientes del vaho del ganado. Los altos graneros colmados de viandas. Y las chimeneas humearán todas al caer la noche, cuando los hogares enciendan la hora del fuego sagrado. Volverá el bullicio de los lavaderos y el rumor de brisa de la ropa blanca. Y la voz obrera del que anuncia el pan, día a día, temprano. Y la primavera con su pensamiento fulgurante y regio, con sus carruseles de deseos silvestres y fragancias púberes y tardes larguísimas y horizontes amplios.

La tierra pondrá su benevolencia. Lo mismo que el agua, la espiga y el árbol. Así como el clima, la salud y el grito. La sombra, el respeto, el otoño, el sol, el afecto, el canto. Y por vez primera sobrarán recursos para la equidad y el contentamiento. Cada cual tendrá lo mismo que el otro, como cinco dedos hay en cada mano. Abundarán aves, frondas, peces, bayas. Buena voluntad, tesón, tolerancia. Y caminos fáciles portarán vigencia a los relegados. Nunca será poco lo que es suficiente. Nunca faltará lo fundamental. Jamás el exceso hará tanto daño.

Un transcurso blanco como nieve blanca. Un espacio limpio cual arroyo intacto. Con luz, con moral, con honestidad, plenitud y credos. Querremos vivir, dilatar los meses, prorrogar los años. Unos seres nuevos, proclives al bien, con hondos sentidos, que procurarán a todo su esencia, a todos, su espacio. Todo con el mérito que le corresponda. La luna, su cielo, la paz, su infinito. Los padres, sosiego, el joven, trabajo. Pero apremia el tiempo. Andamos perdidos. No hallamos salida. Ha de ser muy rápido.

(La Nueva España, enero 2014)



Versos por siempre


Aurelio González Ovies Versos de oro para la orientación de tu mirada y las palabras que nunca más se digan. Para los adversarios de la desilusión. El mundo está vacío sin poemas que canten la verdad y el misterio de estar vivos aquí, sobre la tierra. Versos que nos mantengan aún con el deseo de amanecer a diario y abrir, de par en par, la vida. Que salvaguarden la blandura del pan y el linaje esponjoso de las frutas. Y oculten el aroma de los días de frío junto al fuego. Y nos hagan seguir, muy pese a todo, en pos de la armonía y la belleza.

Versos que actualicen la pena de quien incide en crímenes y oscurezcan sus noches más que la soledad y la tristeza. Más que la desazón y la tortura. Más que la enfermedad y el infortunio. Que filtren en su carne como un tatuaje atroz de maldición rotunda y le pudran la sangre y le roan la lengua. Poemas que nos cambien de pronto, por completo, que nos vuelquen el corazón y rompan definitivamente las torpes ataduras que nos prenden. Que nos cieguen los ojos con luz desprevenida y amor en hebra.

Versos que permanezcan hasta la última rama de la genealogía, mientras que exista un pájaro, un águila, una estrella. Y prolonguen el brillo de nuestra brevedad, los frágiles vestigios de la ralea humana. Y expliquen el por qué de nuestra condición y nuestra decadencia. El por qué de lo que somos y de lo que nos une. Que sean testimonio de lo que no supimos amar como debiéramos. De lo que no quisimos honrar como podíamos. De cuanto no entendimos ni miramos tan solo. Poemas donde se oiga cómo afloran las fuentes. Cómo acuden puntuales los ocasos. Cómo abre sus pétalos el sol de primavera.

Poemas desde hoy hasta la libertad. Mensajes que esparzan como una bruma dócil la manida esperanza, necesaria esperanza de integridad y épocas, de proyectos y rutas que generen resuello y lucidez y júbilo. Vocablos nuevos, tentadores y ardientes, capaces y certeros. Ajenos a las riendas del poder y a las falsas promesas. Poemas que apetezcan como un abrazo hondo, como un cuerpo muy joven, como un susurro grato, como un soplo de aire, como agua muy fresca. Versos que nos inquieten y nos derrumben, que nos ensueñen como nanas de antaño, como lugares gratos, como lustros muy prósperos, como voces abuelas.

(La Nueva España, 27 de noviembre de 2013)

Se queda el alma



Hoy hace años sobre ti la tierra.
Casi tendrás la voz
acostumbrada
al lenguaje vivaz de las raíces,
casi serás ahora un campesino,
porque seguramente te estaba reservada
una finca pequeña con árboles frutales
y una presa y un tordo.
Cada mañana irás, feliz y campechano,
a limpiar la maleza a tus viveros
y cada tarde, solo,
leerás a la sombra un poco de tu Homero.
Enseña a hablar en griego a los difuntos,
diles cómo decían los dioses padre, beber agua,
o cosechar el instante,
cómo cantaba el hombre la vida pasa.
Muéstranos a tu manera
-te entenderemos-
en qué aldea cultivas de la muerte,
por si alguno se fuera de nosotros que te llevara
unos sanjuanes, la tabla de mareas
y unos jilgueros.

Hoy hace peso sobre ti la tierra,
pero nadie mejor que tú para saber
que si se muere el cuerpo se queda el alma.

(A Cristóbal Rodríguez, in memoriam)

Versonajes: Palabra de vida



La ausencia, la muerte, la diferencia, la pobreza. El hambre y la sed. La nostalgia...

Solo los grandes poetas convierten las humanas heridas en oportunidades de belleza. No hay un verso de Aurelio González Ovies que no sea un manantial de sentido. El lenguaje le entrega sus dones y con esa vara mágica de la sencillez y la hondura que le es inherente, honda y sencillamente, convierte a sus lectores a una nueva vida. Vida en la palabra.

En Aurelio todas las palabras están vivas y se abren paso hacia los seres porque el ser entero queda guarecido en esos versos de luz y de horizonte que se antojan infinitos. Al amor de su mirada poética las penas del hombre se enaltecen y en esa su habla del jardín original las fuentes no dejan de manar claridades.

En Aurelio todas las criaturas caminan hacia su significación trascendente, a su lugar necesario en el mundo, a su eternidad. Y ya no son personajes, sino versonajes. Su decir, su hacer, su equivocar, su desaparecer, su llorar... son nombrados de tal manera, de tal manera bella son escritos, que el mundo dorado de la fábula nos amanece de golpe, en nuestro propio barrio y en nuestra misma calle.

La cotidianeidad se ilumina. Se rompe la monotonía. Hablan los pájaros y hablan poesía. El poeta le da la vuelta a la llave del lenguaje y con un signo de puntuación devela el ser profundo de las cosas: Si hace semanas/ que no sueña nada/ habla seriamente/ con las almo-hadas... Todo vuelve a estar lleno de dioses en la escritura de Aurelio González Ovies y el mundo vuelve a nacer bautizado de Palabra. Nuestros muertos, las sombras queridas, pueden asomarse a nuestra dimensión a través de las ventanas que dibuja el poeta y acontecer como una caricia en los delicados versos: Aunque no vuelvas/ ya descubrí / que algunas flores / huelen a ti.

Versonajes es un libro para niños ilustrado con mucha sensibilidad por Ester Sánchez. Su puntillismo sale al encuentro de las palabras y deviene por sí mismo en alfabeto. Elocuente de tonos suaves fluye al ritmo del verso y logra una metáfora visual del silencio que es la condición previa para que acontezca la poesía.

Un clima es creado en las páginas y el lector adulto de este libro para niños se verá inmerso en un ambiente de iniciación y maravilla, se verá reflejado en el manantial de su origen, devuelto al mundo ilusionado en el que el alma bebe de su misma y clara sed.

Encontrará que, aun hablando de la muerte, la de Aurelio González Ovies es, muy honda y muy sencilla, una palabra de vida.

María García Esperón


Versonajes
Aurelio González Ovies
Ilustraciones: Ester Sánchez
Pintar-Pintar. Asturias. 2013

Noche en Delfos




 Desde Delfos veíamos

la bahía de Itea.

Yo sentía las naves

atracar silenciosas.

Tú recitabas versos

del poeta de Paros.

La luna iluminaba

tu perfil hermosísimo.

Cenamos frescos peces

bajo la espesa parra.

Y esa noche bailamos

sirtakis muy antiguos

con amor en los brazos.

(Para I. R. de A.)


(C) Aurelio González Ovies
Tardes de cal viva y brea



Albacea de nosotros


Cuando la primavera no pueda volver ya, que alguien grite cómo eran estos campos a mediados de marzo, cuando el sol se apasiona y en la luz se desgrana un estremecimiento parecido al amor y sus deseos. Que alguien lea en voz alta el gozo de los pájaros al despertar el día y disperse los nombres de los frutos primeros. Que alguien pose la púrpura del pruno y los cerezos en las formas del aire y declame el aroma de la paz que el manzano encomienda a sus flores. Que se escuchen el oro y la fosforescencia de las prímulas nuevas y en los caminos vibren ecos del labrantío y del estiércol.


Que alguien lleve alegría a los condados cuando no sea posible que broten los sanjuanes, el laurel y el saúco; cuando sea impensable que aniden los jilgueros. Y escriba el centelleo del agua que desciende de las cumbres nevadas todavía. Y divulgue el chasquido del espino bajo el calor intenso. Que no dejen de oírse las verdades que ahora enuncian los pinares ni las vastas metáforas de la mar desbocada. Ni el horizonte tímido, con su idioma quimérico. Ni callen los galopes del nordeste intranquilo ni el alto pentagrama de las aves que vuelan, exhaustas, desde Túnez. Ni el rebaño lozano que pasta el césped tierno.


Cuando no nazcan rosas porque ha muerto la estirpe de las rosas que no falten adverbios encarnados que testimonien siempre su prestancia. No se ausenten del todo ni el alivio del lirio ni el cardo solitario ni el mentol del romero. Ni las inestimables miniaturas que puntean la belleza: la violeta, el hisopo, las malvas, las espuelas, el llantén, las verónicas, el trébol y el eléboro. Que algún propagador se pronuncie albacea de la serenidad de aquellas tardes de grillos pertinaces y cielo inmenso. Y pueda referir la miel que aún respiro cada vez que lo evoco y lo siento tan lejos.


Que insista siempre alguien, que alguien preconice el esplendor ingente que iluminó estos siglos, que reincida alguien en tanta perfección, en tan gran libertad y en tanto menosprecio. Que no se hunda el firme de tanta exactitud, que no desaparezcan los atlas de la niebla ni el nácar del rocío ni el clima saludable ni sus muchos linderos. Que exalten la pureza de lo que no intentamos mirar con obediencia, de lo que no quisimos querer con lealtad, de lo que no supimos respetar con respeto.


(La Nueva España, 16-3-2013)

Nadie responde

Sobre la superficie



Sobre la superficie
de las cosas
se va posando
el tacto
de las manos
y hacemos nuestro
instante

               el instante que pasa:

vacío, soledad
          incertidumbre
                    sombra.
                       Nada.

La casa sin ti




Para "Argos"


Catorce años juntos, de noche a mañana. Qué días brillantes vistos desde ahora. Fue todo muy rápido, más de lo esperado. Llegó la vejez e invadió tu cuerpo. Se metió en tus huesos, contagió tus órganos, robó el equilibrio de tus blandas patas. Fue todo muy pronto, más de lo previsto. Todos los rincones quedaron desiertos. Quedaron muy solas todas las estancias. Dejaste el vacío que deja un humano, lo mismo que un ser de los que nos quieren, como una persona de las que se aman.


Es todo distinto, así de repente. Nada se parece a lo que eras tú. Te echaron de menos hasta las persianas, y la luz del día sobre el limonero y la mesa vieja del mosaico azul y tu olivo amigo, que mira a la calle y el tiesto de barro sobre el que meabas. Te querían las puertas y los azulejos y la estantería y el lomo del libro que tanto mordiste y la voz del timbre y el sabor del pan y el lápiz de goma y el nudo de hilos y la colchoneta en la que soñabas. Todo es diferente, aunque sea lo mismo. Llenabas el mundo con tus rizos negros, con tus cejas blancas encendías la casa.


Te añoran los brezos, las sillas y el toldo. Todo te requiere, fuera, en la terraza. Te evocan los brotes que caen del camelio y las hojas secas que tira la adelfa. Y la regadera y el sanjuán de abajo. Y algún abejorro que vuela hasta al polen joven del narciso. Y el jazmín que cuelga junto a la ventana. Y las escaleras que subiste a diario. Y el color del cielo, al caer la tarde. Y el rumor del mundo, en torno a la noche. Y la intimidad que inflaman las lámparas. Dejaste una herida grande, muy profunda, como la que se abre al perder las cosas que más significan, una época bella, una compañía fiel y generosa, la sinceridad de una mirada.


Ceniza. No hay más. Ese lapso inane entre todo y nada. Ese vano previo a la incertidumbre de lo más certero. Volveremos juntos, si es que regresamos a nuestros orígenes, a corretear por la primavera, a lanzarte un palo, a jugar con lascas. Catorce años juntos. ¡Qué fugacidad! Quedaron muy tristes tu hueso y tu erizo, tu nombre y tus trapos, todos tus muñecos, todas tus costumbres. Lloró la jirafa.

(C) Aurelio González Ovies
La Nueva España, 6 de febrero 2013

Cuchillos, navajas...



Llegaba muy temprano
de mañana. Cuando los gallos y gallinas
alborotan los pueblos. La bicicleta
llena de artilugios: piedra esmeril,
diamante, hilo de plomo
y una siringa que sonaba a Galicia.
Remachaba las potas y los cazos,
y mientras afilaba, curriños
-nos decía- como a vida as chispas.

Recogía las monedas. Le daba a los pedales,
y cada vez más lejos:

cacerolas, cuchillos, cachivaches, navajas...!

El cuento de la vida



Recoge las palabras,
apaga el fuego.
Dame tu mano vieja.
Dame tu mano atardeciendo,
tu mano de pastora,
—cinco dedos de fuerza—.
Y sal conmigo y nómbrame
el nombre de todas las estrellas del cielo de la noche.
Luego vayamos ya.
Vayamos dentro.
Y acércame a la madre antigua
de los libros.
Repíteme el final
de aquella historia.

Era roja la rosa,
roja como la sangre roja de aquel pájaro,
roja como su cuello rojo entre la espina.

Pronúnciame el nombre
de sus príncipes.
Háblame y dime
palacio,
pluma,
carruaje,
Dime conceptos a galope,
dime
diamante,
arroyo,
sauce,
y seda
y púrpura y candil.

Era roja la rosa como la vida
de la sangre
y roja de dolor como el corazón
del desengaño.

Siéntate junto a mí.
Ahora
cierra las puertas,
tenemos que morir.

(C) Aurelio González Ovies

Carta de reis con retrasu




Queríos Reis Magos d'Oriente: nun voi pidivos pa mi un tren y una escavadora, nin una cocina cola cacía pa la mio hermana, nin un frascu Varón Dandy y una muda pa mio pa, nin un pañu y un xuegu toalles pa mio madre. Nun voi ponevos zapatiya nin encargavos que nos pongáis na ventana les bolses revoltixu con rosquielles y bolines d'anís, con ronchitos, llimoninos y uves pases. Tamién ye demasiao tarde.

Más que traeme, quixera que nun me llevareis nada de lo que me queda. Que nun me dexareis enfocicame cuando nun tengo por qué, que nun me permitiereis el luxu de quexame de viciu; que m'abriereis los güeyos pa qu'asuma, valore y me conforme colo puesto, que ye abondo, comparao colo que pudiera ser o lo que tea por venir. Que nun me quitéis nada de lo que tengo y tenemos, nuna palabra. Nada meyor vos pido, nun m'atrevo, pero sí, eso sí, nada peor.

Permitiime siguir amando de forma xigante, con tol sentimientu, lo pequeño, siguir percibiendo eso insignificante que tanto significa, lo cenciello, lo invisible, eso que se nos posa na carne cuando nos caricien, eso que nos revive y nos illumina cuando nos miren como debe mirase, eso que nos trespasa cuando nos garren la mano con verdá y humanidá; lo que ta alredor y nel xestu la flor, lo que ta dientro'l pan, lo que s'escondi na trasparencia l'agua, lo que-y pon soníu y llibertá a la corriente los regatos, lo que suelta nel aire y n'alboriada'l cantu'l tordu.

Permitiime nun olvidame del too, nun perdeme del too, nun abandoname del too, nun dexame atrás del too, nun desorientame del too, Reis Magos d'Oriente; nun estrozar los valiosos minutos, nun renegar de los sueños, nun renunciar a llevantame toles mañanes y agradecer tar vivu, sanu, a gustu conmigo mesmu, respirar fondo y abrir de par en par los brazos con ganes d'alcanzar l'horizonte, de sumime na claridá; con deseos de tragar el mundu, con ansies d'abarcar la lluz, con fuerces pa emburriar les contrariedaes. Con un botón d'esperanza p'abrochame siempre frente a l'advesidá y la penuria.

Daime la posibilidá, dacuando, de volver ser tan feliz como cuando baxaba a la mar y sentábame nuna piedra y cegábame'l veranu y sentíame contentu y anchu; como cuando cavaba cuatro llámpares y diba de poza en poza detrás de les esguiles y de los cangarexos. Como cuando corría pela playa Llumeres, colos pies manchaos de mineral y galipote, pero la mente llimpia y fresca como la salmoria, como la espuma y l'ocle que la marea dexaba na oriella.

Nun m'arranquéis les imaxes más pures, los recuerdos más dulces. Nun dexéis que me flaquien les piernes nes males circunstancies. Que me traicionen la debilidá o la cobardía, que m'afueguen el desengañu, el cansanciu o la rutina. Nun permitáis que se me gaste la fe, qu'escaeza rezar, a mio manera y como m'enseñaron, polo que yo más aprecio, polos que me quixeron y marcharon, polos que yo quixera que tuvieren aquello que nun son a consiguir y bien que lo merecen.

De "Carta de reis con retrasu", publicado en el diario La Nueva España el 9 de enero de 2007.


Con ojos muy distintos



Diciembre con sus cumbres. La vida con sus ocres. ¡Qué altas hoy las nubes; qué sonoros los cuervos; qué gélida la luz, qué solemnes los montes! Hace años miraba con ojos muy distintos estas mismas estampas, estos pinos esbeltos, estas tierras calladas, la vejez de estos robles. Hace tiempo veía la hondura de los charcos, el lento amanecer, el candor del rocío y no pensaba más que en profanar su escarcha, cruzar sus paraísos, beber de sus licores. No apreciaba sino belleza inabarcable, libertad en esencia, avidez de vivir en todos los espacios, con el asombro intacto, con los brazos abiertos, sin temor ni reparo, sin pensar en mañana ni el poco pasado que concierne a los muertos ni en el corto intervalo que acaece a los hombres.

Diciembre. Soledad. Cómo ha cambiado todo? Contemplo una bandada de frágiles gorriones. Recorro la memoria mientras el cielo escampa. No encuentro en el camino más que signos certeros de lo que ya sospecho, armazones de alas, ocasiones inhóspitas como fiebre invencible, como sueños insomnes. Recorro las fronteras de la realidad, me adentro en sus contornos, rastreo sus rincones: no se oyen más que el eco y la humedad. Estas son las jornadas que me duele escuchar, que evoco, pero duelen. No intuyo más que el humo y la piel de la mar. Son estos los crepúsculos que menos me atestiguan y que más me corroen. Frente a mí el faro erguido, que jamás partirá, las desiguales rocas, que tan poco envejecen, el horizonte que, hoy, se intuye a duras penas. Las olas que amontonan basuras entre el ocle.

No me oigo ni a mí mismo, ni me quiero atender ni ansío que me escuchen (qué egoísta, qué yoico, qué simplemente simple, tal vez, piensen algunos). Pero este estado es el que más me complace, el que menos me pesa -muchas veces y nunca-, el que más significa, el que algo me supone: pasan largas horas y no hablo de nada, no me mido con nadie, pienso en nada y soy algo, un ser aletargado, un muy lejos, muy cerca, un ser que se respeta aunque no se conoce.

Un no sé qué que pide a gritos que le amen, un no sé quién que no ama por miedo a que le odien. Diciembre, ¡qué contraste! Yo me acuerdo de ti desde que éramos niños, desde que combatíamos con deseos y carámbanos. Pero nada es lo mismo. Sólo quedan los nombres.

La Nueva España, 9 de diciembre de 2012




Varines de volador





Alcuéntroles dacuando.
Güei yá naide les paña...

Y entovía me güel a pólvora
y a branu y paezme
mentira
que s'esfumaren estos 40 años (que
s'esfumaron. La vida namás cunde
cuando se nos ablaya):

Taben toles fachaes encalaes
y fresques
y golía la carne guisando nes cocines
y en tolos corredores
la lleche recudiendo nes fardeles
de sábana.

Prestábanos -qué ilusiones más rases
                                      y más fondes-
mirar cómo plantaben les estaques
d'ocálito
pal quioscu de la música
y el puestu la barraca;
y esperar los camiones colos fierros
del tiru y la tómbola
y aquelles portugueses de faldones floriaos
y pendientes de cobre
que diben a la presa de mio güelu
a llavar los cacharros y garrar agua.

Prestábanos, sí, muncho
nos prestaba
que llegaren los primos,
que llenaren la casa,
la comida'l domingu, nel medio'l
tendeyón, aquella mesa larga...

Alcuéntrovos dacuando
y entovía'l nordés -el mesmu
que m'empuxa, el mesmu que m'avieya,
el mesmu que m'arrastra -traime cachos
dáquellos paxarinos que vais
cantando y d'aquella mozuca
con cara de gitana.

Y entovía nos altos maizales
que m'aparten de mi, que separen
pasáu d'esta edá sin sustancia,
adiéntrense pareyes de recuerdos
d'amor;
y una verbena allumbra
ente'l mio corazón y una inmensa
distancia,
con guahinos que compren
a los avellaneros
unes gafes de plástico, carraques,
restallones y manzanes
cubiertes de colorao y escarcha.

Varines de volador..., la vida ye
lo mesmo: enciéndese,
espovisa, revienta,
y dexa
         un filu
                 de fumu

          qu'ensiguida rescampla.

Toda la vida hablando




Toda la vida hablando
del amor
y no conozco más que el humo
y la ceniza:
sus metáforas.

Yo también esperaba de la vida




Yo también esperaba de la vida
otra cosa...
Uno lucha, se estrella
y cae y se levanta.
Qué le vamos a hacer...
A la costumbre otros la llaman
esperanza.

Si no..., mira el canario:
enjaulado y sin cielo y pasajero...

¡Y todavía canta!

Buen ahora


Más libertad, más voz. Más ira en la palabra. Nos han envenenado la entereza. Nos han traicionado hasta con el silencio. Nos han descuartizado la confianza. Ha llegado la hora de descastar desdichas y estas tribulaciones que asfixian hasta el aire. Es el mejor momento para arrasar con todo lo que ha sido mentira, con todos los que han ido trazando esta congoja, con falsarios, ladrones y sofistas. Para asolar sospechas, aprensiones, discordancias. Desmantelar designios, ignominias, dividendos y usura. Es época de triunfo y esperanza. El instante preciso para evadir el peso de los amos. Y que reyes y códigos cierren definitivamente sus solapas.

Es el tiempo de repartir el oro de los duques, las minas del mediocre, el botín de los pícaros, las ciudades ocultas, el néctar exquisito, la salud del monarca. De detener el pie que nos humilla, de desgajar la mano que nos prensa, de tabicar los ojos que sindican, de aniquilar el mal que nos aplasta. Es la ocasión propicia para igualar el ras y las desproporciones, para hermanar los desiertos y el piélago, para ofertar el sueño y la certeza, para brindar futuro donde no hay ni presente. Para quemar el germen de las iniquidades. Para replantear la partición del pan, para reconducir la dirección del agua.

Es buen ahora para horadar enigmas y recelos. Para sentirse vivo y valeroso. Para dejar a un lado narcisismos, remilgos y desganas. Para exigir porqués y lo que es nuestro. Para recuperar un poco de amor propio. Para hacernos oír ante los jueces, ante sus indolencias y sus máscaras. Para dejar de ser endebles entidades, risibles espantajos. Es un ahora único para desposeerse de marbetes y clanes, de credos y de lemas, de líderes y piaras. Para desbaratar altares y apotegmas. Para desubicar topografías y lindes. Para reorientar tributos e intenciones. Para transparentar conjuras y atentados, convenios y patrañas.

Es tiempo de gritar con gritos muy tranquilos, con firmeza serena, con fines infalibles, con voluntad intacta. De desprender la bruma que arrastramos, la herrumbre que nos merma, la sumisión, el frío, el descontento, la poquedad, la rabia. De escribir, para siempre, el despecho y las sombras. De estampar, como nunca, decisiones y rúbricas que nos identifiquen con entes virtuosos, con seres animosos, con seres que se entienden, con seres que se aman. Es la estación idónea para aullar al unísono: basta. Para, desde la paz, vociferar sin tregua: ¡Basta, basta. Ya basta!

(C) Aurelio González Ovies
La Nueva España, 21 de noviembre de 2012

Voz: María García Esperón
Música: Yanni
2012




¿A qué sabe la muerte?



Pasaron tantas cosas desde que tú te has ido. Son tantos los recuerdos por todos los espacios. Nada es lo mismo cuando nos ocurre un difunto. La vida parte en dos igual que quiebra un vidrio. La noche es más oscura, más opacos sus lapsos. Y la ausencia contagia las estancias del tiempo. Se os echa de menos en cada amanecida. Una parte del mundo pierde rumbo y destino. Soñamos que venís, o que no habéis marchado. Os sentimos entrar en nuestras esperanzas. Cruzar por los horarios, recorrer la rutina. Plegar los infortunios, seguir salvaguardándonos. Pasaron tantos días desde que ya no estáis. Son tantas las preguntas, tan pocos los vestigios:

¿A qué sabe la muerte; podéis incorporaros? ¿Tocáis los cometas, palpáis el infinito? ¿Tiene árboles el cielo, recolectáis sus frutos? ¿Hay nubes entrañables, emuláis su calma? ¿Os perdura la carne, conserváis las manos? ¿Añoráis el mundo, la sed, el tiento, el frío? Cuando os cierran los ojos, ¿vislumbráis lo eterno? ¿Cómo es la luz por dentro; son de verdad los astros? ¿Es insípido el éter? ¿Cuánto pesa el vacío? ¿Os estorban las cepas, os molestan los topos? ¿Cuál es la latitud de un enterrado? ¿Os alcanza la lluvia, os golpea el olvido? ¿Soportáis los inviernos, os erosiona el viento?


¿Nos intuís acaso cuando os invocamos? ¿Sospecháis el perfil de nuestro aspecto? ¿Qué venís a buscar cuando os presentimos? ¿De quién es el espectro que nos asalta? ¿Teméis como nosotros fracasar muchas veces? ¿O es otra cortapisa lo de las frustraciones? ¿Os veis, al fin, más libres, al menos no tan náufragos? ¿Por qué no pudo ser todo lo que quisiéramos? ¿Por qué no quiso ser todo lo pudimos?


¿Comprendéis la vida desde esa perspectiva? ¿Se distingue más diáfano un mínimo sentido? ¿Cómo se justifican los errores humanos? ¿Es cierto que ocupamos lo mismo que una hierba? Cuando os agarrotáis, ¿quién os cambia de sitio? ¿Habéis visto a los otros; os dejan abrazaros? ¿Os agradan las flores que os lleva la gente? ¿Os perturban el culto, los ritos, el bullicio? ¿Nos tildan de farsantes, acaso de insinceros? ¿Qué dicen de nosotros nuestros antepasados? ¿Disponéis de alas, conocéis los trayectos? ¿Os señalan las simas, os inscriben los siglos? ¿Resurge la ceniza, incineran los odios? ¿Perpetúan los estigmas, se nos borran los rasgos? ¿Cuándo veis a dios, recibe sin prejuicios? Son tantos los enigmas, tan larga la existencia... Paz eterna. Descanso.




(C) Aurelio González Ovies
La Nueva España, 31 de octubre de 2012

Voz: María García Esperón
Música: E. Karaindrou
2012

Un cementerio



 Un cementerio. Prados. La tímida

espadaña. El vuelo

de los pájaros. Y una luz

terriblemente triste después

de la tormenta.


No quisiera haber visto jamás

tanta belleza.

                              (Para Carmina y Paco)

El pesu la lluz





Orbaya. Toi en medio
la vida. Miro p'atrás. Pésame hasta
la lluz.
Máncame l'aire.
Si confesara agora parte les mios verdaes
pareceríenvos mentira.




 (C) Aurelio González Ovies
Poemes n'asturiano
Esta luz tan breve
Voz. María García Esperón
2012



Luz de otoño



Esta luz mortecina que tanta vida imprime sobre el ocaso de las cosas. Estos campos que veo, desolados y solos, al margen de los ríos de noviembre. Estas nubes tranquilas, más quietas y más mansas, al fondo del crepúsculo. Este seco silencio de las hojas caídas de los árboles. Esas casas que humean donde empieza y termina la distancia. Esos bosques cansados, esos pastos heridos de ocre puro y vacío son el otoño. Si recuerdo el otoño y sus curvas heladas, retorno a las inmediaciones del frío.

Esta higuera que está desparramada y vieja sobre el pozo. Estos laureles fieles que rodean la casa abandonada. Estos cubos con matas de perejil y lirios. Esta hilera de calas y crisantemos. Estos caminos que nadie transita y van posiblemente a ningún sitio. Estos castaños huecos que quitaban el hambre. Estas horas tan lentas, encaladas y mudas, como de cementerio. Esta silueta humana que cruza los umbrales de la tarde. Esos hombres que esparcen letanías de abono por los prados. Estas baldías llanuras donde se amontonaban edades de narvaso. Estas fincas estériles sin futuro ninguno? Son el otoño.

Estos huertos caducos con berzas espigadas. Esas coladas donde airean las sábanas del tiempo. Esa agave que crece y enraíza y subsiste tirado en la cuneta. Esta tela de araña con restos de una avispa y granos de rocío. Este vaho de los vidrios en que un niño dibuja las primeras vocales. Estos puestos que venden cartuchos de castañas y olor antiguo. Estos bebés que viajan con gorro y sin pasado. Estas calles tan llenas de rostros contrariados. Esos robles desnudos como inmensos espíritus en pena. Estos parques sin jóvenes y sin amor a ocultas. Este eco lejano con el eco lejano de otros días. Esta decrepitud y este claror que bulle sangre adentro? Son el otoño.

Estas gaviotas frágiles que puntean la arena. Esta desierta playa sin rastro de nosotros. Estas algas que pudren como olvidos de mar. Estas olas quebradas que cumplen su rutina. Estas rocas que nunca han cambiado de suelo. Esta bruma que resta existencia al paisaje. Esta lancha que viene, ajena y tarda, como desde la muerte. Estos acantilados por los que aún descienden ágiles pescadores. Esta poza apartada con papeles y restos del verano. Este fragor que llega con chispas de salitre. Este faro orientado hacia la despedida. Este sordo aislamiento de todo lo que observo? Son el otoño.

Esta atmósfera triste que me filtra en la carne. Estos cuervos que graznan entre los eucaliptos. Esta naturaleza detenida y dorada. Esta luna tan llena dominando la noche. Estas estrellas inaccesibles estrellas como nombres remotos. Este vano que siento entre el alma y la voz. Este dolor que llevo desde siempre hasta octubre. Esos perros que ladran y atisbo que estoy vivo. Esta realidad que no es más que un continuo destello a tanta sombra. Estas bayas que arrugan como años que no sirven. Estas moras que invernan en las zarzas. Estos nidos de pega al descubierto. Esta lluvia que cae como melancolía? Son el otoño.

Este rumor que escucho como si los difuntos, incómodos, cambiaran su postura. Este instante tan hondo de aire cálido y nada. Estos cables plagados de estorninos. Estas campanas con su anacronía. Esta paz que respiro aunque quiebre enseguida. Este humo que despide la vejez de la tierra. Estas aves que huyen sabiendo que hay regreso. Esta brisa que roza levemente un helecho. Este arroyo que baja con dos hilos de agua. Estos claros del cielo por los que se adivina la breve eternidad? Son el otoño, indicios del otoño, de esta estación tan «muertamente» viva.

 (C) Aurelio González Ovies. La Nueva España. 19 de noviembre de 2008.

Más allá, en cualquier parte


Me lo imagino muchas veces: atravesaré el candor inmenso del último crepúsculo, sentiré cómo todo lo que ha estado conmigo fugazmente queda a cada paso más lejano, observaré la brisa entre los árboles, miraré el humo azul de alguna chimenea, el curso de los ríos, la espalda de los campos, la longitud del mar, la forma de la tierra. Cruzaré la apariencia de las nubes. Diré adiós y en silencio ascenderé ansioso la distancia. ¡Qué hermoso lo perdido; qué exiguo, desde arriba, lo dejado! Tan pronto como llegue, comenzaré a buscaros. Tan pronto como alcance la llanura infinita, indagaré qué dirección seguir, por qué rumbo adentrarme, por dónde comenzar a no ser tiempo. Desde todas las lomas, otearé la mansedumbre eterna y avistaré en seguida la senda que me lleve hasta vuestra heredad definitiva. Divisaré los signos con que nos prometimos poder reconocernos: una estrella encendida, la sombra de una higuera, hortensias en los lindes de espigas y lavandas y, en torno a los caminos, saúcos y mimbreras donde aniden los pájaros. Y un petirrojo en tu hombro, mientras lanzas semillas de luz en los espacios.

Pronunciaré los nombres y agitaré los brazos y vendréis hacia mí, como un soplo de aire, seguidos por los perros, nuestros perros, contentos y ladrando. ¡Cuánto tiempo y qué poco! Pareceréis los mismos. ¡Qué alma limpia y joven, qué gestos más humanos! ¡Cuánto temí el momento de no hallaros jamás! ¡Y qué calor más mío el de éste vuestro tacto! ¡Qué piel más conocida la de vuestros espíritus! ¡Cuánto quise soñar las palabras que oigo; cuánto soñé escuchar esta voz y estos labios!

Me enseñaréis accesos y laderas, fisuras desde donde recordar y atisbar el universo. Me diréis cómo pasan allí las estaciones, cómo es vivir de muerto, sin días ni mañanas, sin horas y sin años. Recorreremos juntos, sin prisa y para siempre, la frágil superficie de la nada, sus frondas y sus riscos, sus fincas y sus páramos. Podremos terminar lo que no tuvo fin, revelar lo que nunca creímos oportuno, confesar lo que nunca hubiéramos pensado.

Toda la eternidad para nosotros, sin barreras ni pozos ni alambradas ni obstáculos. Me guiaréis por rampas y por desfiladeros y me descubriréis los frutos comestibles, las hierbas saludables, los manantiales puros de los itinerarios. Toda la eternidad perpetuamente nuestra. La eternidad entera, con los perros alerta y una estrella ardiendo por si alguien más viniera preguntando. (C) Aurelio González Ovies La Nueva España, 14 d octubre de 2009

La vida, al fin y al cabo



Lo mismo de otros días, casi a la misma hora, con la misma cadencia de año tras año. La señora que vende cupones por el pueblo, con unos labradores y un par de galgos. El autobús que pasa y ya no trae a nadie más que a cuatro paisanos que vuelven del mercado. Las hortensias que secan colgadas del alero, junto al tomillo fresco y semillas de malvas y el maíz enristrado. El dolor que nos pesa entre los ojos, que no es pena ni herida ni atrición ni cansancio. El gato que vigila, sin prisas, el bullir de los topos en el prado. Un recuerdo con sol y azul intenso, un horizonte hermoso, las primeras mañanas de algún primer verano.

El mugir de las vacas que otean a su dueño camino de la cuadra y reclaman el pasto. Los ligeros vencejos, con sus danzas geométricas y su leve existencia hacia el ocaso. El sonido del agua, los velos de la brisa, el quejido de un pájaro. El maíz extendido como una eternidad, los restos de unos bálagos. La espadaña, la iglesia, el cementerio solo y encalado. La belleza, sin duda, de todo lo que asumo, de cuanto veo y abarco. Tu perfil con el oro de la luz que decae y mis ojos con el asombro aquel de la primera vez que te miraron.

La sensación de ser muy poca cosa, menos que una ocasión, mucho menos que un árbol. La pesadumbre de no saberse libre, de estar muy restringido, creerse muy de paso. El vértigo que irrumpe tras una decepción, la vacuidad que toco cuando cierro mis manos. El silencio que huele como la casa antigua, como ropa plegada en los armarios. La verdad que me invade cuando cruzan las nubes, la cortedad que auspicio en mi porte de humano.

Lo que poseo ahora, lo que he dejado atrás más lo que, a ciencia cierta, sé que se está acabando. Más lo que ha de venir a partir de este instante sin un por qué ni un hasta cuándo. Lo mismo de otros siempres, mas algo que hay, sospecho, que no estará ya más, en días como éste, aquí a mi lado. La ausencia, la hondonada que dejan quienes nos han dejado. El camino, la ruta, el regreso, si cabe, la ilusión, la esperanza, sus altos y sus bajos. Las sumas que nos restan. Las cuentas que no salen. La vida, al fin y al cabo.

C) Aurelio González Ovies
La Nueva España, 29 de agosto 2012

Acción de gracias




Me ha costado mis años
llegar a escribir
soy
siento.

Estoy aquí y percibo
la grandeza del día,
su dimensión azul,
mi transparencia.
Se lo debo a los nombres
que tanto me llamaron.
Se lo debo a la infancia
y a su fosforescencia.
Se lo debo a los árboles
que crecieron conmigo.
Y a los versos que un hombre,
pastor en Orihuela,
dejó sobre la vida,
llegaron a mis manos,
giraron en mis ojos,
filtraron en mi voz.
Y, corazón arriba,
reconocimos juntos
la belleza.

Los días contados




Así se nos van los días de la vida.

La muerte está en nosotros como una adolescencia
y soñamos a veces con sus piernas de luto.
Como una decisión majestuosa.
Como el acantilado y el abismo.

La muerte está en nosotros como una enfermedad
y una costumbre.

(Para Marian Suárez)

Palabra en obras para escuchar

Visitación



Alguien me ha pertenecido como una posesión.

Alguien me ha abandonado como a la lejanía de los muertos.

Por mi soledad transitan los monjes

más longevos,

monjes azules, de Santa Marta,

al norte de Florencia.

Y se escriben libros de otras edades,

libros canonizados con albúmina,

libros con versos tan antiguos como la oscuridad

para los ciegos,

libros encuadernados con el silencio

de los cirios.

Libros desheredados como el amor de un día.

Por mi soledad regresan peregrinos.

Alguien ha subido hasta mi corazón

y yo no estaba.

Alguien ha venido a morir en mi corazón

y yo no estaba.

Alguien ha llegado hasta mi corazón

y yo no estaba.

Yo no estaba conmigo.

(C) Aurelio González Ovies
Tardes de cal viva y brea
 

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