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Al paso de los años



Cuando te conocí era todo hermosísimo como esta tarde, hoy. Asomaban gaviotas por detrás del ocaso y los prunos brotaban como si abriera marzo. Ya estaban las mimosas, como ahora, inflamadas, y nuestros cuerpos, jóvenes, con su insaciable instinto. Cuando te conocí sentía tantas ganas de verte a cada instante que los días se hacían terriblemente largos. Te soñaba en los sueños, te veía en la lluvia, te tocaba en la brisa, te notaba en la luz. ¡Cuánto nos aguardaba desconocido y grande! ¡Cuántos momentos, cuántos; cuántos inolvidables! ¡Cuántas fechas certeras! Miro atrás y comprendo: no ha pasado el amor. Han pasado los años.

Han pasado los años, pero eso nos permite ser más libres en todo, pisar con más firmeza en cada paso dado. Y hablar desde el silencio cuando a nadie interesa lo que vas a decirme, cuando solo queremos entendernos nosotros, cuando nadie es capaz de saber qué expresamos. ¿Qué importan tus arrugas, tus manos ya manchadas, mi cuerpo entumecido, mis noches en vigilia o el caer de mis párpados? ¿Qué mis tantas manías y todas tus costumbres, si a todo cuanto ocurre y a cuanto nos rodea estamos, más que nunca, acostumbrados? No ha cesado el cariño. Han cesado el verdor, el fulgor, la frescura, como ocurre a los árboles y a mis expectativas o al brillo de tus labios.

Deseos, espejismos, fortaleza, coraje, sí, es cierto que han menguado, pero ello nos consiente estar más tiempo así, sin distancias ni asombros, sin menos y sin ‘mases’, sin dudas ni reparos; ello nos deja ser como en realidad somos, dos seres que se admiran, dos almas que se buscan, dos nombres que van juntos como el fondo y el mar, como el sol y el verano. Ello nos facilita subir a cada noche más serenos y cómplices y en plena oscuridad vernos completamente sin apenas mirarnos.

Es cierto que la piel y el gesto y la sonrisa también han agrietado, pero reconocemos mejor el dolor de la tierra y el sentido del mundo. Percibimos, sin más, la belleza grandiosa del instante acabado. Y agradecemos una y otra vez la dicha de amanecer y oír la quietud del rocío y el canto de los pájaros y sentimos que sí, que han cedido las fuerzas y se acorta el camino, pero queda el amor con toda su heredad, con todo lo que existe desde mi corazón hasta tus brazos.

Sin respuesta



SIN RESPUESTA

Pasan los años raudos como inasibles briznas. Camino hacia un futuro que es presente y pasado en un instante. Todo sucede ahora cada día más pronto. Pasan los años ágiles y el tiempo se reduce. Menguan las intenciones y se acortan deseos y perspectivas. Y cuántas sensaciones por descubrir aún. Cuántos interrogantes me quedan sin respuesta. Cuántas incertidumbres en torno a cuanto avisto a lo largo y lo ancho de la vida.

¿Qué permanecerá de lo que puebla el mundo? ¿Qué entidad poderosa regirá sus principios? ¿Quién filtrará las aguas? ¿Quién templará las hebras de la brisa? ¿Qué será de estas tardes de invierno tan desnudas cuando el frío no acuda a su geografía? ¿Cómo estará la tierra de exhausta y agrietada? ¿Quién dará azul al cielo? ¿Quién rubor a los frutos? ¿Quién al amor sus chispas? ¿Cómo fabricarán otoños y crepúsculos en los laboratorios? ¿Quién sustituirá al cuervo y a la garza? ¿Quién al manzano ardiendo de candor?¿Cómo será la lluvia de mentira?

Y cuando la mar muera, ¿qué artificio entrará en sus honduras? ¿Qué peces crecerán entre cemento y fibra? ¿Y quién recordará la pasión de los faros por las noches oscuras? ¿Quién la nostalgia de suelo firme que circunda las islas? ¿Qué podrá parecerse a una jornada hermosa de primavera? ¿Qué a la fragancia intensa de los espinos? ¿Saldrán flores de almendro de las fórmulas químicas? ¿Y qué de las montañas? ¿En qué despeñadero terminarán tumbadas? ¿Dónde se posará la nieve que se invente? ¿Existirá el mañana? ¿Dolerán los recuerdos? ¿Habrá nubes sin prisa?

¿Se borrarán acaso todos los caminos si es que no se camina? ¿Se licuarán los mapas con sus marcados límites? ¿Quién ornamentará de nuevo otra naturaleza? ¿Y quién diseñará la longitud suavísima de las serpientes? ¿Habrá serpientes, jilgueros, estorninos y avispas? ¿Qué significarán felicidad y angustia? ¿Para qué la veleta de los sentidos? ¿Sentir qué de la nada? ¿Cómo se accederá a la melancolía?

¿Nadie describirá jamás la dicha de estar vivo? ¿Nadie se admirará del majestuoso umbral del firmamento? ¿Persistirán la luna, los astros y el poniente y el mediodía? ¿De lo humano perdurará una huella? ¿Un mínimo vestigio de su talante? ¿Y qué será de Dios? ¿Dónde verter su sombra planetaria? ¿Cómo encubrir su presencia infinita? ¿Quién dará testimonio del gozo y del tormento? ¿Quién dotará de voz al abuso y la culpa? ¿Quién manifestará la frágil prontitud de la belleza? ¿Ni un corazón al menos? ¿Podrán exterminar la poesía?


A los de mi tierra



A LOS DE MI TIERRA

Canto a los de mi sangre. Canto a los de mi tiempo. A todos los que hicieron posible mi pasado. A todos los que dieron esta luz tan presente. Canto a los que prendieron la mecha que mantuvo la chispa de este largo trayecto hasta el futuro. A los que madrugaban y, con la vida al hombro, pasaban por mi casa camino de la mina, con los bronquios gastados, la mirada enterrada y un candil primitivo de ácido carburo. Canto a los de Gozón y sus contornos. A los que nos tallaron pegollos perdurables. A quienes nos legaron el pan con su salud y su filantropía. A los que nos labraron la tierra impenetrable con sus dedos tenaces y tozudos.

Canto a la amanecida de aquellos pescadores que cruzaban el alba con los remos y nasas, ‘gaxartes’ y ‘bistoncias’, ropas de agua y la dicha de compartir un chusco. Y a todas sus familias, numerosas y humildes, que tejían las redes y vendían la marea y recorrían los pueblos. Canto a su voz de madre y de mar cariñosa como la que se escucha, a lo lejos y cálida, en la concavidad de los turullos. A la costa que ciñe el talle de Bañugues y a sus acantilados, por donde se subía el guijo y la madera, la rucha, el mineral, y el salitre y el ocle y en muchas ocasiones los despojos, los náufragos, los lamentos y el luto.

Canto a todas las casas, habitadas y en paz, con hijos y balcones, con coladas inmensas y ropa echada al verde y gallinas y perro. Casas que desprendían olor a hollín y a esfuerzo, a pimentón y a humo. Con pasillos y cuartos desconchados y estrechos, donde dormíamos muchos. Casas llenas de amor, donde todas las tardes se escuchaba el batir de yemas para aquellas tortillas sabrosísimas. Casas con almanaques y recibos y radio, y un san Pancracio encima del contador de luz; sencillas y sin lujos. Canto a su cal bendita y a sus puertas abiertas noche y día, sin tregua. Sin tregua como cuanto nos dieron para siempre: honradez y razón, cariño y sentir puro.

Canto al paisaje hermoso donde aún me adormezco cuando quiero mirarme, saber de dónde vengo, recordarme radiante, altamente seguro. Y retorno al salitre y a la hierba cortada de la infancia; recorro sus parajes y hay rocío y bidones y eucaliptos y norte y toperas y gallos. Y humea el cucho. Y regresan mujeres con lechera y madreñas. Y se esconde la luna. Y soy feliz de nuevo. Y rebuznan los burros.

(C) Aurelio González Ovies

¿Será toda la vida mi vida así?


Padres, cómo lloran los ríos y los abetos. Cómo os llaman la miel y las almendras. Cómo os echan de menos el acebo y el alba, la niebla y el rocío. Cuántas horas tan lejos de vosotros. Cuántos años de ausencia y desconcierto. Cuánto tiempo baldío. Cuando diciembre asoma, cuánto calor al alma trae su frío. Enmudecen las cumbres y los establos, los viejos lavaderos, el musgo, el petirrojo. Todo calla y es hielo. Todo desprende copos de ineficaz olvido. Y vuestra lealtad respira en cada cuarto. Y vuestra gratitud, en cualquier gesto. Y vuestra voz aquí, conmigo, dentro. Siempre conmigo.
Cómo recuerdo ahora aquellas tardes dibujando tranquilo, en la cocina, siluetas de montañas y camellos y una estrella cometa que indicaba el camino. Cuánto aquellos momentos de paz, indescriptibles, en los que atravesábamos la humedad de los bosques y el tul de la mañana para encontrar un pino. Cuánto los altos muros de vuestros brazos alrededor de mí. Cuánto. Cuánta inseguridad en cuanto alcanzo. ¿Será toda la vida mi vida así? ¿He de rememorar un día y otro día la emoción y verdad de lo perdido?
¿Causa de tanto amor esta ceguera? ¿De desengaño acaso? ¿Os nombro a cada paso porque no soy capaz de avanzar por mí mismo? ¿Es carencia del ser que me acompaña? ¿Quizá debilidad y miedo a lo que espero? ¿Es cobardía pura? ¿Puro vacío? Dudo de todo cuanto llega y pasa. De todos cuantos dieron su nada y su egoísmo. ¿Es distancia o confín esta sazón? Cada día más aislado de lo que tengo cerca. Cada instante más cerca de los que habéis partido.

Encenderé la noche. Evocaré el pasado. Nada con más certeza que lo vivido: es diciembre en la tierra. Huele toda la casa a espumillón y a calma. En las calles ya empiezan a alumbrar las bombillas. Comienza a chispear la pena que desprenden los villancicos. Justo ahora os necesito más que en esa orfandad diaria en la que tanto me hundo y tanto os necesito. Venid, aunque no sea más que en forma de sombra, con carácter de humo. Acercaos al mundo. Hay soledad y luna. Y la mesa está puesta con el amor de siempre, con castañas y uvas y pan de higo. ¿Pero con quién dialogo? ¿Existe lo imposible? ¿Siguen vivos los muertos? ¿Os llegan estas súplicas? ¿Y todos mis deseos? ¿Reconocéis mi letra? ¿Las señas que yo tengo serán correctas? ¿Recibís las postales que os escribo?

(La Nueva España, 25-11-2015)

Otra vez octubre



(C) Aurelio González Ovies

Todo atrás


(C) Aurelio González Ovies

Días hermosos



DÍAS HERMOSOS

Todavía no sabíamos cuánto duele la vida. Eran días hermosos bajo la luz de agosto. Días largos, radiantes. Distintos, muy distintos. El prado de la fiesta era un gran espectáculo, mientras nuestros paisanos construían el palco y la barraca con toldos alquilados y troncos de eucalipto. El mundo debía de detenerse. Las casas relucían encaladas. Y por cualquier rincón se olía el olor entrañable de los guisos. Estruendo de la pólvora, música y altavoces, emoción y verano. El pueblo se llenaba de ruido y colorido. Banderines colgados de los postes y árboles, espadañas tiradas por el suelo, tendejones con mesas preparadas. Llegaban los parientes. Traían muchas cosas. Y dormían con nosotros nuestros primos.

Las primeras verbenas siempre eran un encuentro. (Es todo plenitud y regocijo: gente que no se ve desde hace tiempo, gente que apenas sale de su hacienda y su entorno. Hay mujeres que van con rulos en el pelo, hombres con la chaqueta en un hombro doblada. Hay ancianos que miran con mirada de adiós. Niños que corretean y se ríen y dan gritos. Hay petardos y luces, avellaneros, brisa y padres que saludan a sus críos risueños cada vez que da vuelta el tiovivo. Hay lanchitas y un blanco furgón del heladero. Y muchos portugueses con autocaravanas que venden caramelos, tabaco y revoltijos. 

Ropa nueva en la misa y procesión y cánticos. Y gaitas que amenizan el fragor del domingo. Hay tambores y sidra. Y bailes y tonadas. Y un billete en el bolso para comprar a gusto. Hoy es como si todo nos fuera permitido. Hay globos que se escapan, voladores que explotan. Y hay calor y barquillos. Y paquetes de chufas y relojes de plástico, caramelos de nata y de anís y ‘ronchitos’. Hay juegos anunciados para mañana, lunes: un concurso de tiro de cuerda, carrera de madreñas y sacos y borricos). 

Qué rápido pasaba. La mañana del martes era triste y callada. Desarmaban la tómbola y el tiro. Algún perro husmeaba la basura. Y nosotros sondeábamos la hierba en busca de monedas, perdigones o de objetos perdidos. Todo un año esperando que llegara otro año, y otro año más que ya había sucedido. No se entendía el silencio que quedaba en el aire. No parecían lo mismo ni el pueblo ni el maizal ni el cielo ni el camino. Todavía no sabíamos lo que nos aguardaba ni si la ausencia era recuerdo a cada instante o permanente olvido.

(C) Aurelio González Ovies

Deudas



DEUDAS

Hoy advierto algo más de lo que soy. Gracias, palabra. Los versos me han sabido aleccionar. Me han enseñado el mundo de otra forma, más por dentro y más a fondo, como desde un pecho ajeno, como desde un altozano. Con poemas en mí, caminé de la mano de una luz incorpórea que iba poniendo nombres a las cosas. Desde la hermosa etapa en que me entusiasmaban las libélulas y los picos astutos de los grajos. Desde los días aquellos en que olían a membrillo las tardes de septiembre y me daban tristeza los ovillos de lana y las ventanas viejas. Gracias, verbo. La poesía entonces ya me estaba esperando.

Lo que soy se lo debo a este largo camino que parte de un domingo de febrero desde mil novecientos sesenta y cuatro. A un pueblo no muy grande –entonces paraíso de extensión infinita– con casas a ambos lados de una senda de barro y escombro pisoteado, varado en un costado del Cantábrico. Un pueblo: gallineros y huertos, paneras y chamizos, caserías y pomares, patatales y ristras, antojanas y aperos, corredores y ropa, nabina y perejil, maíz y espantapájaros.

Pero cuántas más deudas he de reconocer. Cuánto deben mis ojos a las olas y al viento y a la niebla encendida y al rumbo de los barcos. Cuánto me iluminaron aquellos labradores que guiaban el carro y me hablaban de lunas y menguantes y acertijos de álgebra. Suyos serán mis versos con más hierba. Suyos también serán los poemas más humanos. Cuánto debe mi voz a la voz de los otros, a los que nos contaban cómo habían cambiado los años y la vida, a los que hacían el pan y repartían pescado, a la humildad tremenda que sangraba en las grietas de sus rostros y manos.

Cuánto, palabra, cuánto. Cuánto de lo que soy –mineral, carne, orvallo– lo soy, pero lo debo. A aquellos marineros que surcaban la paz de la mañana cuando aún no habitaba la tierra más que el tiempo. Y a aquellas enlutadas figuras de paisaje que igual que tendían al verde que esparcían el guano. Cuánto soy de la mina y cuánto de la brea, cuánto de todos ellos. ¿Cuánto de mi mirada es heredad legítima? ¿Cuánto de lo que escribo se posa como el polen del árbol de mi origen y cuánto en realidad me brota a mí del alma?¿Y cuánto de mi canto da fe de lo que fueron o fe de lo que pasa? ¿Cuánto?

(C) Aurelio González Ovies

De amore



DE AMORE

Las naves del amor parten al alba. Cuando los corazones de los hombres están más cristalinos y no se escuchan más que el fragor de las olas y el tesón de los faros. Cuando aún no hay ni pájaros ni dolor a la vista. Parten con galeradas de mensajes bellísimos y atractivos volúmenes de entusiasmo y respeto. Lentas, custodiadas por sal y por gaviotas, avanzan hacia el amanecer del territorio humano. Y allí descargan júbilo y urgentes embalajes. La Humanidad está carente de verdad y de aliento.

En el amor yo advierto cómo saltan los corzos desde octubre a tus brazos. Cómo bajan los ríos a recorrer tu risa. Y todo lo posible levanta en ti su vuelo. Presiento cómo el bosque deshoja infinitud. Y el otoño abrillanta el eco de su púrpura. En el amor la vida es muy distinta. En todos los pasillos la libertad transcurre. En todos los espacios hay luz para el afecto. Los colores se asoman más que nunca. Aminora el temor y agigantan las fábulas. Surgen a cada paso pretensiones y metas. Rutas inacabables, impensables paisajes. Y todos los caminos nos allanan el suelo.

Hay tempestades en el amor. Borrascas necesarias, vendavales clementes. Y consecuentes lapsos de bonanza y silencio. Y estaciones sin nombre de tan indescriptibles. Y noches estrelladas con la tez más hermosa que pudiera mostrar el firmamento. Hay jornadas tan nítidas que se ve hasta el olvido; se perciben los huesos de la fugacidad. Y nos sentimos dioses; por un momento, vastos, con ardor de volcán, con anchura de mundo, con entidad de océano.

En el amor florecen la fiebre y la inconsciencia. Pero el tiempo acaece con premura distinta. Como siempre y en todo, con prontitud de vértigo. Y en un cerrar de ojos lo que era ya no es. Y en cada proceder nos devora lo efímero, nos oprime lo eterno. Son más breves las rosas. Es más alto el abismo. Nos hiere más la brisa que jamás pasará. Nos quema más la hondura de los versos. Y entendemos mejor la nada que nos urde. El amor tiene forma de palacio encendido y desprende un aroma de plenitud y fuego. Lo mejor es vivirlo intensamente entonces, cuando llega y se posa y nos deja rozarlo y construirle un nido y protegerlo. Lo peor es mirarlo, asumir su vejez, descubrirlo sin fuerzas, aceptar que es la hora, como siempre y en todo, de besarlo y perderlo.

(C) Aurelio González Ovies

Los poetas



LOS POETAS

Los poetas, si existen, conocen el pasado del agua y de la brisa. La premura de su naturaleza. Frecuentan el dolor y la esperanza. Los poetas, si pueden, sangran sobre las rosas. Hablan por las caléndulas y los albaricoques, transmiten su bondad, anuncian su grandeza. Invierten su silencio en la salud del cosmos, en buscar equilibrio entre el tiempo y la nada, entre el frío y la nieve. Ellos sufren en todo lo que late y respira. Sufren por la madera de las barcas que pudren y por la dura roca que perforan las máquinas. Por la fragancia a mayo y a madreselva. Comparten su tristeza con el trino del alba y el camachuelo, transfieren su belleza a la inexactitud de la palabra. Ellos son los que impiden el olvido y el nunca y las noches perpetuas.

Buscan en todas partes las huellas de la luz y en todas partes plantan una estrella. Preservan lo que aún queda de nosotros, del pájaro y la lluvia. Contradicen el humo y sospechan las fechas de la fugacidad. Por eso escriben con voz de vértigo. Por eso miran con mirada herida y en la bonanza no se enaltecen. Por eso añoran instantes idos y cifran en el pasado su total permanencia.

Los poetas, sin duda, no pactan con el mundo ni con los comandantes. Ni con las devociones y sus falsas sirenas. Huyen de los corrillos y los aplausos. Se sienten menos solos en soledad, se apartan del fervor y la simpleza. Cantan sobre su abismo el inmenso abandono de los seres humanos e insinúan plegarias firmes como la roca, efectivas y eternas. Registran las ausencias y los aconteceres. Asumen lo que ven y le dan nombre. Prevén lo que será y le ponen letra. Sólo ellos suponen los sueños de los árboles y el sabor de la sombra y el cansancio del sur y las veletas.

Persiguen las imágenes, que apenas se mantienen, la verdad que se esconde detrás de cada espacio, la pasión que germina dentro de cada gesto de la tierra. Comprenden el asombro y propagan sus símbolos, dispersan sus vilanos. Aman la distorsión y la extrañeza. Procuran cercanía sin proximidad, confianza y cariño no en exceso; y pretenden el bien sin beneficio. Y quisieran que nada vedara libertad, que nada envenenara, que nada entorpeciera. Que nadie fuera un poco más que nadie. Que nadie defraudara. No saben de negocios ni de timos. No son conscientes nunca del precio, la casta o la ralea.

(C) Aurelio González Ovies
La Nueva España

Desde mi corazón

Falsa perspectiva

De nuevo, Penélope



DE NUEVO, PENÉLOPE

(A la mujer que habita en un banco de Pumarín, en Oviedo)

Espera desde hace meses en La Plaza de la Once. Lleva dos grandes maletas y un paraguas y un sombrero. Lleva lentes y un abrigo. Lleva una mirada triste, como muy sola y cansada. Botas blancas y tejanos y una trenza recogida por la tela de un pañuelo. Cuando el sol calienta mucho se recuesta en una almohada, sobre el césped del parterre, a la sombra de un morero.

Espera como quien sabe que nunca pasará nada. Como quien tan solo espera por agotar la rutina de tantos días enteros. Espera desde temprano y se pasa las mañanas reclinada sobre un brazo, en detenido silencio. Bebe unos sorbos de agua. Observa. Ve cómo vamos, venimos; ve la prisa que nos ata nada más amanecemos. Cambia de banco, coloca las maletas y el paraguas. Come con desgana y echa trocitos a las palomas. Y dice adiós a los niños. Y saluda al barrendero.

La gente observa extrañada. ¿Quién será, de dónde viene? ¿A quién aguarda tan tardo? ¿Qué busca con tanto empeño? Nadie se acerca y pregunta si está bien o necesita que le echemos una mano. Nadie conoce su historia, ni su cómo y hasta cuándo. Quizá sepa de nosotros más de lo que nos creemos. Porque lleva ya dos meses sin moverse, allí, observando cómo cruzamos jornadas, cómo pasamos la vida cual autómatas auténticos.

Habla inglés. Me han comentado que es educada y cortés. Al parecer, sueña con ser algún día presidenta en Reino Unido. Y mientras tanto ahí está, con su pose y su sombrero. Con su equipaje y gabán. A la espera, en su mudez. Pide una casa y calor y un trabajo, si es posible, que es lo que en este país, tan avanzado y flamante, no tenemos.

Aurelio González Ovies
13 de agosto 2014
Cartas al Director
La Nueva España

Año necesario



Año necesario

Tendrá que ser pronto, porque es necesario. Ahora, quizá, sin demora alguna. Sin más dilación. Reventará un año y emergerá un mundo diferente y próspero. Una sucesión de siglos triunfantes. Un ciclo propicio para los jirones de la libertad y las trabazones de los sentimientos. Una época íntegra con aire muy puro y corazón sano. Y de este futuro tan próximo y ruin, tan opaco y frío, tan mediocre y yermo, tan timado y lúgubre, haremos pasado. No puede atrasarse. Ha de suceder. Tendrá que ser ya. Urge su llegada. Estamos cansados.

Volverán los campos a sentir el silbo de los labradores, la azada el grosor del hambre y la siembra, y el amanecer el canto del gallo. De nuevo estarán los pueblos repletos de humanos radiantes, las aldeas pobladas, las cuadras calientes del vaho del ganado. Los altos graneros colmados de viandas. Y las chimeneas humearán todas al caer la noche, cuando los hogares enciendan la hora del fuego sagrado. Volverá el bullicio de los lavaderos y el rumor de brisa de la ropa blanca. Y la voz obrera del que anuncia el pan, día a día, temprano. Y la primavera con su pensamiento fulgurante y regio, con sus carruseles de deseos silvestres y fragancias púberes y tardes larguísimas y horizontes amplios.

La tierra pondrá su benevolencia. Lo mismo que el agua, la espiga y el árbol. Así como el clima, la salud y el grito. La sombra, el respeto, el otoño, el sol, el afecto, el canto. Y por vez primera sobrarán recursos para la equidad y el contentamiento. Cada cual tendrá lo mismo que el otro, como cinco dedos hay en cada mano. Abundarán aves, frondas, peces, bayas. Buena voluntad, tesón, tolerancia. Y caminos fáciles portarán vigencia a los relegados. Nunca será poco lo que es suficiente. Nunca faltará lo fundamental. Jamás el exceso hará tanto daño.

Un transcurso blanco como nieve blanca. Un espacio limpio cual arroyo intacto. Con luz, con moral, con honestidad, plenitud y credos. Querremos vivir, dilatar los meses, prorrogar los años. Unos seres nuevos, proclives al bien, con hondos sentidos, que procurarán a todo su esencia, a todos, su espacio. Todo con el mérito que le corresponda. La luna, su cielo, la paz, su infinito. Los padres, sosiego, el joven, trabajo. Pero apremia el tiempo. Andamos perdidos. No hallamos salida. Ha de ser muy rápido.

(La Nueva España, enero 2014)



Versos por siempre


Aurelio González Ovies Versos de oro para la orientación de tu mirada y las palabras que nunca más se digan. Para los adversarios de la desilusión. El mundo está vacío sin poemas que canten la verdad y el misterio de estar vivos aquí, sobre la tierra. Versos que nos mantengan aún con el deseo de amanecer a diario y abrir, de par en par, la vida. Que salvaguarden la blandura del pan y el linaje esponjoso de las frutas. Y oculten el aroma de los días de frío junto al fuego. Y nos hagan seguir, muy pese a todo, en pos de la armonía y la belleza.

Versos que actualicen la pena de quien incide en crímenes y oscurezcan sus noches más que la soledad y la tristeza. Más que la desazón y la tortura. Más que la enfermedad y el infortunio. Que filtren en su carne como un tatuaje atroz de maldición rotunda y le pudran la sangre y le roan la lengua. Poemas que nos cambien de pronto, por completo, que nos vuelquen el corazón y rompan definitivamente las torpes ataduras que nos prenden. Que nos cieguen los ojos con luz desprevenida y amor en hebra.

Versos que permanezcan hasta la última rama de la genealogía, mientras que exista un pájaro, un águila, una estrella. Y prolonguen el brillo de nuestra brevedad, los frágiles vestigios de la ralea humana. Y expliquen el por qué de nuestra condición y nuestra decadencia. El por qué de lo que somos y de lo que nos une. Que sean testimonio de lo que no supimos amar como debiéramos. De lo que no quisimos honrar como podíamos. De cuanto no entendimos ni miramos tan solo. Poemas donde se oiga cómo afloran las fuentes. Cómo acuden puntuales los ocasos. Cómo abre sus pétalos el sol de primavera.

Poemas desde hoy hasta la libertad. Mensajes que esparzan como una bruma dócil la manida esperanza, necesaria esperanza de integridad y épocas, de proyectos y rutas que generen resuello y lucidez y júbilo. Vocablos nuevos, tentadores y ardientes, capaces y certeros. Ajenos a las riendas del poder y a las falsas promesas. Poemas que apetezcan como un abrazo hondo, como un cuerpo muy joven, como un susurro grato, como un soplo de aire, como agua muy fresca. Versos que nos inquieten y nos derrumben, que nos ensueñen como nanas de antaño, como lugares gratos, como lustros muy prósperos, como voces abuelas.

(La Nueva España, 27 de noviembre de 2013)

Nadie responde

La casa sin ti




Para "Argos"


Catorce años juntos, de noche a mañana. Qué días brillantes vistos desde ahora. Fue todo muy rápido, más de lo esperado. Llegó la vejez e invadió tu cuerpo. Se metió en tus huesos, contagió tus órganos, robó el equilibrio de tus blandas patas. Fue todo muy pronto, más de lo previsto. Todos los rincones quedaron desiertos. Quedaron muy solas todas las estancias. Dejaste el vacío que deja un humano, lo mismo que un ser de los que nos quieren, como una persona de las que se aman.


Es todo distinto, así de repente. Nada se parece a lo que eras tú. Te echaron de menos hasta las persianas, y la luz del día sobre el limonero y la mesa vieja del mosaico azul y tu olivo amigo, que mira a la calle y el tiesto de barro sobre el que meabas. Te querían las puertas y los azulejos y la estantería y el lomo del libro que tanto mordiste y la voz del timbre y el sabor del pan y el lápiz de goma y el nudo de hilos y la colchoneta en la que soñabas. Todo es diferente, aunque sea lo mismo. Llenabas el mundo con tus rizos negros, con tus cejas blancas encendías la casa.


Te añoran los brezos, las sillas y el toldo. Todo te requiere, fuera, en la terraza. Te evocan los brotes que caen del camelio y las hojas secas que tira la adelfa. Y la regadera y el sanjuán de abajo. Y algún abejorro que vuela hasta al polen joven del narciso. Y el jazmín que cuelga junto a la ventana. Y las escaleras que subiste a diario. Y el color del cielo, al caer la tarde. Y el rumor del mundo, en torno a la noche. Y la intimidad que inflaman las lámparas. Dejaste una herida grande, muy profunda, como la que se abre al perder las cosas que más significan, una época bella, una compañía fiel y generosa, la sinceridad de una mirada.


Ceniza. No hay más. Ese lapso inane entre todo y nada. Ese vano previo a la incertidumbre de lo más certero. Volveremos juntos, si es que regresamos a nuestros orígenes, a corretear por la primavera, a lanzarte un palo, a jugar con lascas. Catorce años juntos. ¡Qué fugacidad! Quedaron muy tristes tu hueso y tu erizo, tu nombre y tus trapos, todos tus muñecos, todas tus costumbres. Lloró la jirafa.

(C) Aurelio González Ovies
La Nueva España, 6 de febrero 2013

Carta de reis con retrasu




Queríos Reis Magos d'Oriente: nun voi pidivos pa mi un tren y una escavadora, nin una cocina cola cacía pa la mio hermana, nin un frascu Varón Dandy y una muda pa mio pa, nin un pañu y un xuegu toalles pa mio madre. Nun voi ponevos zapatiya nin encargavos que nos pongáis na ventana les bolses revoltixu con rosquielles y bolines d'anís, con ronchitos, llimoninos y uves pases. Tamién ye demasiao tarde.

Más que traeme, quixera que nun me llevareis nada de lo que me queda. Que nun me dexareis enfocicame cuando nun tengo por qué, que nun me permitiereis el luxu de quexame de viciu; que m'abriereis los güeyos pa qu'asuma, valore y me conforme colo puesto, que ye abondo, comparao colo que pudiera ser o lo que tea por venir. Que nun me quitéis nada de lo que tengo y tenemos, nuna palabra. Nada meyor vos pido, nun m'atrevo, pero sí, eso sí, nada peor.

Permitiime siguir amando de forma xigante, con tol sentimientu, lo pequeño, siguir percibiendo eso insignificante que tanto significa, lo cenciello, lo invisible, eso que se nos posa na carne cuando nos caricien, eso que nos revive y nos illumina cuando nos miren como debe mirase, eso que nos trespasa cuando nos garren la mano con verdá y humanidá; lo que ta alredor y nel xestu la flor, lo que ta dientro'l pan, lo que s'escondi na trasparencia l'agua, lo que-y pon soníu y llibertá a la corriente los regatos, lo que suelta nel aire y n'alboriada'l cantu'l tordu.

Permitiime nun olvidame del too, nun perdeme del too, nun abandoname del too, nun dexame atrás del too, nun desorientame del too, Reis Magos d'Oriente; nun estrozar los valiosos minutos, nun renegar de los sueños, nun renunciar a llevantame toles mañanes y agradecer tar vivu, sanu, a gustu conmigo mesmu, respirar fondo y abrir de par en par los brazos con ganes d'alcanzar l'horizonte, de sumime na claridá; con deseos de tragar el mundu, con ansies d'abarcar la lluz, con fuerces pa emburriar les contrariedaes. Con un botón d'esperanza p'abrochame siempre frente a l'advesidá y la penuria.

Daime la posibilidá, dacuando, de volver ser tan feliz como cuando baxaba a la mar y sentábame nuna piedra y cegábame'l veranu y sentíame contentu y anchu; como cuando cavaba cuatro llámpares y diba de poza en poza detrás de les esguiles y de los cangarexos. Como cuando corría pela playa Llumeres, colos pies manchaos de mineral y galipote, pero la mente llimpia y fresca como la salmoria, como la espuma y l'ocle que la marea dexaba na oriella.

Nun m'arranquéis les imaxes más pures, los recuerdos más dulces. Nun dexéis que me flaquien les piernes nes males circunstancies. Que me traicionen la debilidá o la cobardía, que m'afueguen el desengañu, el cansanciu o la rutina. Nun permitáis que se me gaste la fe, qu'escaeza rezar, a mio manera y como m'enseñaron, polo que yo más aprecio, polos que me quixeron y marcharon, polos que yo quixera que tuvieren aquello que nun son a consiguir y bien que lo merecen.

De "Carta de reis con retrasu", publicado en el diario La Nueva España el 9 de enero de 2007.


Con ojos muy distintos



Diciembre con sus cumbres. La vida con sus ocres. ¡Qué altas hoy las nubes; qué sonoros los cuervos; qué gélida la luz, qué solemnes los montes! Hace años miraba con ojos muy distintos estas mismas estampas, estos pinos esbeltos, estas tierras calladas, la vejez de estos robles. Hace tiempo veía la hondura de los charcos, el lento amanecer, el candor del rocío y no pensaba más que en profanar su escarcha, cruzar sus paraísos, beber de sus licores. No apreciaba sino belleza inabarcable, libertad en esencia, avidez de vivir en todos los espacios, con el asombro intacto, con los brazos abiertos, sin temor ni reparo, sin pensar en mañana ni el poco pasado que concierne a los muertos ni en el corto intervalo que acaece a los hombres.

Diciembre. Soledad. Cómo ha cambiado todo? Contemplo una bandada de frágiles gorriones. Recorro la memoria mientras el cielo escampa. No encuentro en el camino más que signos certeros de lo que ya sospecho, armazones de alas, ocasiones inhóspitas como fiebre invencible, como sueños insomnes. Recorro las fronteras de la realidad, me adentro en sus contornos, rastreo sus rincones: no se oyen más que el eco y la humedad. Estas son las jornadas que me duele escuchar, que evoco, pero duelen. No intuyo más que el humo y la piel de la mar. Son estos los crepúsculos que menos me atestiguan y que más me corroen. Frente a mí el faro erguido, que jamás partirá, las desiguales rocas, que tan poco envejecen, el horizonte que, hoy, se intuye a duras penas. Las olas que amontonan basuras entre el ocle.

No me oigo ni a mí mismo, ni me quiero atender ni ansío que me escuchen (qué egoísta, qué yoico, qué simplemente simple, tal vez, piensen algunos). Pero este estado es el que más me complace, el que menos me pesa -muchas veces y nunca-, el que más significa, el que algo me supone: pasan largas horas y no hablo de nada, no me mido con nadie, pienso en nada y soy algo, un ser aletargado, un muy lejos, muy cerca, un ser que se respeta aunque no se conoce.

Un no sé qué que pide a gritos que le amen, un no sé quién que no ama por miedo a que le odien. Diciembre, ¡qué contraste! Yo me acuerdo de ti desde que éramos niños, desde que combatíamos con deseos y carámbanos. Pero nada es lo mismo. Sólo quedan los nombres.

La Nueva España, 9 de diciembre de 2012




Buen ahora


Más libertad, más voz. Más ira en la palabra. Nos han envenenado la entereza. Nos han traicionado hasta con el silencio. Nos han descuartizado la confianza. Ha llegado la hora de descastar desdichas y estas tribulaciones que asfixian hasta el aire. Es el mejor momento para arrasar con todo lo que ha sido mentira, con todos los que han ido trazando esta congoja, con falsarios, ladrones y sofistas. Para asolar sospechas, aprensiones, discordancias. Desmantelar designios, ignominias, dividendos y usura. Es época de triunfo y esperanza. El instante preciso para evadir el peso de los amos. Y que reyes y códigos cierren definitivamente sus solapas.

Es el tiempo de repartir el oro de los duques, las minas del mediocre, el botín de los pícaros, las ciudades ocultas, el néctar exquisito, la salud del monarca. De detener el pie que nos humilla, de desgajar la mano que nos prensa, de tabicar los ojos que sindican, de aniquilar el mal que nos aplasta. Es la ocasión propicia para igualar el ras y las desproporciones, para hermanar los desiertos y el piélago, para ofertar el sueño y la certeza, para brindar futuro donde no hay ni presente. Para quemar el germen de las iniquidades. Para replantear la partición del pan, para reconducir la dirección del agua.

Es buen ahora para horadar enigmas y recelos. Para sentirse vivo y valeroso. Para dejar a un lado narcisismos, remilgos y desganas. Para exigir porqués y lo que es nuestro. Para recuperar un poco de amor propio. Para hacernos oír ante los jueces, ante sus indolencias y sus máscaras. Para dejar de ser endebles entidades, risibles espantajos. Es un ahora único para desposeerse de marbetes y clanes, de credos y de lemas, de líderes y piaras. Para desbaratar altares y apotegmas. Para desubicar topografías y lindes. Para reorientar tributos e intenciones. Para transparentar conjuras y atentados, convenios y patrañas.

Es tiempo de gritar con gritos muy tranquilos, con firmeza serena, con fines infalibles, con voluntad intacta. De desprender la bruma que arrastramos, la herrumbre que nos merma, la sumisión, el frío, el descontento, la poquedad, la rabia. De escribir, para siempre, el despecho y las sombras. De estampar, como nunca, decisiones y rúbricas que nos identifiquen con entes virtuosos, con seres animosos, con seres que se entienden, con seres que se aman. Es la estación idónea para aullar al unísono: basta. Para, desde la paz, vociferar sin tregua: ¡Basta, basta. Ya basta!

(C) Aurelio González Ovies
La Nueva España, 21 de noviembre de 2012

Voz: María García Esperón
Música: Yanni
2012




 

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