Todo presente



¿Qué sabíamos nosotros del dolor y la angustia? Era todo presente. A lo largo y lo ancho de la tierra. Presente sin después ni antes ni otros lapsos. Presente vasto y limpio, como el agua que baja de la nieve, como un cielo después de la tormenta. Presente agigantado. ¿Qué podía velarnos la incipiente alegría? Amanecía la vida con esas simples cosas que dan forma a la vida: la voz del pan, el perro que madruga, el eco sobre el yunque que cabruñaba el día, el canto de algún mirlo, el rebuzno del burro, la roldana oxidada que sujeta un caldero, el olor del ganado.

Las mañanas venían envueltas en neblina, pero el sol despuntaba bien temprano y entraba por los árboles como un sable de plata y humeaba el paisaje y había telarañas que brillaban, mojadas, entre las ramas verdes de los manzanos. ¿Fue verdadera aquella estancia pura? ¿Eran sus horas de tiempo más inmóvil? ¿Duraban sus instantes lo que abarcan los años? ¿Y qué tiempo era aquel con tanta dimensión?¿Cuánto existió su breve eternidad? ¿Desde dónde hasta cuándo? ¿Qué fulgor irradiaba la anchura de aquel orbe? ¿Por qué deja la luz de ser la luz que fue? ¿Y quién restaura la luz que se apagó para que, en la memoria, siga alumbrando?

Todo presente. Moisés, Marivi, Yolanda, Satur, Gloria, Ras, Monchi, el Nene, Pablo. Olvido, Pepe. Bañugues, Luanco. Allí empezaba el universo. Y allí acababa, junto a esos nombres, justo a la vera de su pasado. Entre las casas que suponían el mundo entero, entre sus huéspedes, José Ángel, Carras, Blanca, Ramón, Charo, Belarmo. Pero los nombres, ¿qué son los nombres? ¿Qué llevan dentro? ¿Tienen guitarras o cascabeles? ¿Fondo de mar? ¿Por qué persiste tanto su cántico? ¿Son caracolas? ¿Por qué se escucha en su interior todo lo nuestro, a veces, nombrándolos?

Fe doy de que habité tardes enteras por los más bellos linderos del verano. Tardes llenas de hombres y mujeres, con sombreros de paja y cestos con merienda, que trabajaban siempre y siempre era cantando, ya fuera entre la hierba, o bajo la fatiga, o tras la fría guerra o encima de los carros. Tardes que percibí como una dulce herida que iba a permanecer en mí con sangre fresca. Tardes de maizales con brisa leve que abanicaba sus tiernos brazos. Fe doy de que fue así, mas se me escapan señas y derroteros y fechas ciertas. No podría volver, ni siquiera afirmar dónde situarlo. Difícil retornar ni a un mismo sueño. Imposible pensar hacia quién dirigirme. Me faltan leguas. Me sobran pasos.

(La Nueva España, 17-08-2016)

Agua de prúa




Yá sentí munches veces
esti momentu ampliu. De repente,
a pesar d'esti dolor tan grande,
los nomes que me falten, otres
ausencies y d'algo d'amarguxu
na vida,
alcuéntrome feliz. Un sentimientu
ralu
como d'agua de prúa
esnídiaseme y cálame.

(C) Aurelio González Ovies
A imaxe del silenciu

Escena de casa



Ye au'anque nada puea
detenese,
fui tan feliz que yá ye suficiente. Baxo'l
escurecer, equí, recuerdo
agora
la vida madurando
como un frutu brillante. Les andarines fieles
xirando hasta la cuadra y el golor
de la yerba. -Mio ma yera tan moza...-

Esistió too en mi. El cariño y la infancia
como un pan abondante,
los rayos del branu entrando
hasta la siesta. El nome de los páxaros,
el so cantar. Lluciérnagues
col silenciu prendíu so les nueches tan llargues.

Too fue tan de verdá que ye bastante.
Más p'allá, los palos de la lluz,
los maizales y el mundo terminábase.

(C) Aurelio González Ovies
A imaxe del silenciu

Tarde d'agostu




Pal Lulillo. Siempre.

Tarde d'agostu.
Del cinamomu baxa
dulzor de vida.

Ropa tendío.
Quién fuera asina blancu
col nordés dientro.

Campanes y ecu.
Atardezme la vida
sobre la muerte.

Vuelen los gansos.
Les sos ales sol agua
llueven belleza.

Malva montesa.
Caltiéneste tan blanda.
Yo ya vencíu.

Ríu que baxes,
faime corriente tuya.
Arratro nada.

Sele esperanza:
la espinera revienta
cuando quier ella.

Xetu del lliriu.
Si l'home, per un día,
fuere tan íntegru...

Les andolines.
Oxalá siempre vuelvan
per marzu a Bécquer.

Vuelen y vuelvan,
aunque seyan yá otres
y tea yo ausente.

(C) Aurelio González Ovies

Vengo del Norte XX en Teotihuacan



(C) Aurelio González Ovies

XX

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
Miguel Hernández

ALGÚN día se posarán los pájaros a cantar
en tus brazos,
a descubrir que somos los náufragos del tiempo,
los herederos de una canción de amor
que se escuchaba en las brumas del norte.

Esta es la última primavera que estaremos juntos,
ésta es la última parada que precede al recuerdo,
éste es el tren que sale de la vida
a cada siempre en punto,
ésta es la noche que nos queda para romper en hijos.

Te irás y yo me iré,
pero te llevaré, te llevaré conmigo,
te enterraré conmigo a la sombra de un roble
milenario
y allí tendrás pastores que cuiden tus cenizas
y verás la oquedad montañas
y te despertarán los gallos de los dioses.
Todos los lenguajes quedarán sin tu nombre
y entonces las palabras brotarán en los prados
y arrancarán tus sílabas deshojando te quieros.
Hay alguien en el viento que recoge tu semen
y lo esparce a lo lejos. Hay alguien
que prohíbe tu mortal hermosura.

Te irás como una hora de labranza
dejando surcos llenos y un retorno.
Te irás como un camino hacia las estaciones.

Has sido tantas cosas que quedarán vacíos los sonidos
y morirán los números.
Pero estarás conmigo,
te encontraré un paisaje donde tus ojos crean
que la muerte es la vida en otra parte
con el mismo manzano, la misma casa al norte,
los mismos rostros gratos y el mismo perro.

Algún día los ríos terminarán enteros en tu boca
y molerás de nuevo esa nostalgia que madura en agosto
entorno a los maíces y a las romerías.
Tendrás jóvenes llenos de salud
que adorarán el árbol y encenderán sus fuerzas
en las paganas noches de solsticio.
Tendrás enamorados
y bueyes que carreten su ajuar a otro destino
y bosques silenciosos
y casas encaladas con sus cuadras, su estiércol
y su niño comiendo el primer bocadillo.

Te llevaré conmigo
a una lluvia que caiga sin rozar los balcones
a que se asoma el tiempo
para decir el nombre del que ha sido elegido;
a una noche estrellada
donde sobren los faros y te vean los barcos
desde la lontananza.

Esta es la última vez que te veo llorar
sobre la historia.

Vengo del Norte VIII en Teotihuacan


Vengo del Norte VIII
(C) Aurelio González Ovies

YO no sabía que aquí mirabais el mundo
con los ojos cerrados,
que amabais las cosas con tanto desenfreno,
no sabía nada de vosotros ni de este continente
al que llegamos siguiendo el curso del olvido.

Vengo del Norte,
de los acantilados de un destierro,
de los muelles que esperan la ternura,
de las mareas del último suspiro.
Ella quiere pediros una estrella fugaz para amarrarse
el pelo;
está cansada y ha venido mirando atrás
como los que no vuelven.
Mañana se verá en las aguas y quedará preñada
de las profundidades; mañana, siempre mañana
como hacen las promesas.

Vengo del Norte,
de la edad retorcida de las viñas,
de los poblados rústicos del vértigo,
del alarido febril del urogallo.
Desde ahora poseeréis el delirio de arcilla
que retumba en el vientre de la cerámica,
poseeréis la fuga de las olas, el verbo de la espuma.
Desde ahora beberéis el jugo del pomelo
y plegaréis la simetría del alma en los moluscos
y llevaréis sombreros como los que vendimian
las llanuras del alma.

Yo no sabía que aquí entendíais la prisa de los ríos
y cruzabais la historia en balsas de corteza.
No sabía nada ni de vuestros frutales afrodisíacos
ni de vuestras mujeres migratorias.

Vengo del Norte,
de donde lloran las abuelas cuando suenan las gaitas,
de las escapatorias de los topos,
de las minas saladas de las lágrimas,
de la beatitud que fermenta en los hórreos.
Soy prisionero del salitre. ¿Por qué no preguntáis
cuántos naufragios tengo?
Puedo responderos con una nube.

Ella viene conmigo y en los días bisiestos
la amaré con dos bocas.
Ella es la amada que vieron los pescadores en las afueras
de la niebla.
Ella es la heredera de los faros,
la última gitana de la estirpe del llanto.


Mientras yo siga conmigo



Mi casa será la mía mientras yo siga conmigo, tenía un alto saúco que lindaba con el faro y predecía la borrasca y daba bayas sabrosas y en él se posaban pegas y veranos y noticias y el naranja del raitán. Y un prado muy inclinado con eucaliptos al fondo, donde conocí los grillos y la espadaña, el lagarto, el llantén y las ortigas y la ropa echada al verde, oliendo a luz y a verdad. Y sanjuanes que brotaban donde yo jugué de niño, en una senda de barro que luego fue carretera, sin baches y con asfalto, adonde un día llegó el agua y hasta la electricidad.

Mi casa será mi casa, aquella humilde parcela con un viejo lavadero y una tabla en que mi madre jamás se quejó de frío entre frotar y aclarar. Con balcones y geranios, plantados en latas, tiestos, al pie de aquella fachada que por agosto, a primeros, siempre había que encalar. Y grandes matas de hortensias que azuleaban –decían– por la tierra rica en hierro, teñida de mineral. Y unas dalias que bordeaban la huerta que nos brindaba cebollas, berzas, repollos, patatas y zanahorias y todo lo que otra gente adquiría en la ciudad. Y una higuera, unos manzanos y un columpio, entre su sombra, de cuerda y tabla que habíamos recogido de la mar. No tuve reloj de cuco, ni tenedores de plata, pero sí una infancia inmensa que duró una eternidad.

Y detrás, un gallinero donde tirábamos mondas y todo lo que sobraba, que no solía sobrar, y maderos apilados y un picadero de leña con el hacha en él clavado y un carretillo muy lento que chirriaba al rodar. Y estacas donde tender con la bolsa de las pinzas y un barreño siempre lleno de mudas, sábanas, colchas y fundas de trabajar. Y un chamizo con conejos y aperos y algunos trastos que iban dejando de usarse y se apilaban pensando que un día, seguramente, se podrían necesitar.

Nunca cerraba sus puertas, ni de día ni de noche, y jamás dejó de estar abierta al que se acercara. Había leche y había pan. Y olía a diario a cocido, desde bien temprano ya. Luego hicimos otra casa, más grande y cómoda y alta, pero en nada parecida a nuestra casa natal. Y en ella, para ellos era, fueron muriendo los seres que apenas tuvieron tiempo de disfrutarla unos años, tan solo sus años buenos, tan solo unos años más.

(C) Aurelio González Ovies

Carta al verano


Desde hace muchos años, ya no eres el mismo, verano. Eres, humilde opinión mía, de las estaciones que más desencantó. El resto sigue con sus penumbras y su frío, con su desnudez, con sus días escasos y su poca existencia. No hablo más que por mí. Mas o a mí se me erosionaron los sentidos y las capacidades, o tú llegas cansado y decaído, desposeído de todas tus complacencias y tu luminosidad majestuosa. Tal vez podrás decirme tú lo mismo: apenas reconozco tu carácter, se te nota marchito, se te avista más quieto, te percibo extenuado. Es muy posible. Pero nada hay en ti que sea mío, nada mío que reserve para ti.
Me faltan las charcas, las libélulas, los juncos de las húmedas cunetas, los renacuajos, las culebras y los abejorros posándose en los brazos de los solidagos. Me faltan aquellos balagares con gesto de esperanza y el rumor de las lanchas viniendo hacia la costa y el inconfundible tufo de la brea. El enigma del horizonte, el púrpura de las dedaleras y el crepitar de los tojos y el trajín de los hormigueros. Los avisos sonoros del pájaro carpintero, los matorrales y las moras, los pescadores mañaneros, el calor del mediodía, la carnada atrapada entre las redes, las quisquillas resecas por la rambla, los chapuzones y el vértigo del muelle.
Me faltan vacalorias en torno a las bombillas y el calor de la noche; me faltan las mujeres sentadas a la fresca y los hombres de charla con su gorra visera y los muchos caminos que cerraron un día y que nos conducían desde la inocencia a la extrañeza y al vino del saúco y a las chozas secretas y a los primeros respingos de la carne. A tus piernas heridas por las ortigas. A los nidos vacíos de las cerricas; a las fresas silvestres, a espiar parejas tras los setos, a la pólvora de las verbenas emocionantes, al reencuentro de la pandilla, a los balagares recientes, a las higueras frondosas. No hay nada parecido, ni la claridad, ni el tacto de la brisa ni la profundidad del color del agua. Ni la fisonomía de los meses. Nada con las mismas fragancias. Nada con la misma estatura. Nada con la misma nobleza. Acaso, de ahora en adelante, tenga que ser así, acaso no exista más luz que la primera, más verdades que las hermosas apariencias del inicio. Acaso me duele envejecer. Tal vez, acaso.

(C) Aurelio González Ovies
la Nueva España, 30 junio 2016

Mi tierra



Cantaré a los hombres con mi voz mientras pueda, desde este norte tan solo, cantaré toda la vida. Quiero que nuestras costas sean reconocidas, que todos los geógrafos hablen de esta cornisa. Quiero que nuestra tierra jamás sea olvidada. Quiero que el universo sepa cómo el Cantábrico levanta su bravura en las tardes de otoño. Y que su luz silvestre alcance todos los mapas y que todo el presente cale en nuestras orillas. Cantaré con orgullo a estas altas montañas y a estos bosques espesos y estas viejas encinas. Cantaré a los paisanos que apuntalan el verde y a las nobles mujeres que renuevan la brisa.

Mi tierra tiene campos por los cuatro costados y manzanos que brotan como novias altivas. Y gaviotas que cruzan la calma del verano y veleros muy lentos como años de infancia. Mi tierra huele aún a ganado y a cuadra. Y en el alba aún bosteza la leche cada día. Y se escuchan canciones cuando siegan y labran, cuando se hacen las camas y cuece la comida. Y no se han agotado ni el maíz ni el coraje y no han secado todas las fuentes todavía. Mas los caminos echan de menos caminantes y los pomares buscan su claridad antigua. Y están quedando huérfanas las ermitas y el pueblo. Pero habrá algún retorno que la mantenga viva.

Mi tierra aún está a tiempo de amparar su abundancia. Posee naturaleza y rebosa energía. Y atrae con sus colores de salud y fortaleza. Y sabe hablar por sí sola con palabras hermosísimas. Hay musgo y hay helechos y hay ríos y hay riberas. Y reverberan faros que guían a los muertos. Y repican las campanas en cada despedida. Mi tierra nutre caballos en los que galopa el viento y da pábulo al nordeste que ahuyenta la neblina.

Queda en mi tierra terreno para sembrar otro mundo y espacio para que nazcan la libertad y la estima. Porque mi tierra es de sangre fervorosa y porfiada. Sangre que discurre limpia por las venas de las minas. Mi tierra es de raza pura como la sal de la mar. Como el canto de los gallos que rasgan la amanecida. Y mira hacia el horizonte con la mirada bien fija, como la esposa que aguarda las lanchas que han de volver cuando el sol sobre las aguas destiñe y se precipita. Mi tierra espera. No cansa. Presiente que cualquier día será el merecido día.

(La Nueva España, 25-05-2016)

La poesía de Aurelio González Ovies en voces colombianas

Leyendo La hora de las gaviotas en Caucasia


Trasladar una poesía... Tan alada, tan liviana, tan sagrada... tan omnipresente en su cuna manantial, tan dispuesta al vuelo y fervorosa, tan limpia, tan alta, tan sencilla y tan pura, desinteresada... y tantos adjetivos que no necesita ni tampoco su poeta porque ambos son, en el buen sentido de la palabra, buenos.
Y ella y él son para todos. De Asturias para cada rincón del planeta. Del todo Norte al todo Sur, y al Oriente y al Poniente. A todo viento y a todo centro. A toda vela y a toda alma.
En tres días de junio de 2016, esa poesía fue y se escuchó en la hermosa Antioquia: en Medellín y en Caucasia. En las aulas y en la tierra e inaudible y sonora en el cielo, en esas nubes de doble fondo que solamente tiene Colombia.

En los siguientes videos, Wilson y Karla se escuchan a través de los versos de Aurelio González Ovies. Y claro, es Aurelio el que se escucha en esas jóvenes voces colombianas. Y a todos, GRACIAS.




Desde el tren



(C) Aurelio González Ovies

Más fieles que nosotros




Son infinitamente más fieles que nosotros, fielmente más humanos, humanamente, menos perros. Son los que aguardan siempre, esperan siempre, sin pedirnos razón ni cuenta, tras la puerta en la que oyen girar las llaves. Los que nos huelen y nos identifican y se lanzan contentos, sin importar apenas de dónde aparecemos y a qué hora, sin demandar pretextos jamás, nunca respuestas. Son los que escuchan todo y nada dicen, los que no exigen algo a cambio, ni antes ni después, por su calor sincero y su leal y rápida existencia.
Los que van conociendo, poco a poco, la casa y sus espacios, sus instantes de paz y la hora de la cena y haciendo suyos trapos y algún viejo zapato, sin apartarlo nunca de su alfombra y su sueño. Los que miran atentos, sentados a tu lado, cuando husmean que no hay muy buena cara, que nos carcome algo, que algo no resulta, que algo nos aprieta. Y dan con la nariz en tu brazo abatido, pretendiendo menguar la pesadumbre y compartir la pena. Y miran con los ojos, redondos e inocentes, intentando indagar qué dolor nos abate, qué angustia o qué problema.
Los que duermen al pie de la mesita o enroscados al borde de la cama, con orejas atentas a los ruidos extraños, a la tos sospechosa, al respirar anómalo, al reloj cuando suena. Y conocen el orden sistemático de la rutina y el suceder de cada movimiento. Y te siguen sumisos hasta baño, a la cocina, como indefensas sombras. Y tiemblan como hojas de un árbol diminuto en las salas de los veterinarios y reclaman tu mano y tu presencia. Y se ponen nerviosos, como niños o ancianos que se ven desarmados y se muestran medrosos y lloriquean. Los que nada comprenden del mundo ni el fracaso. Nada de la ambición ni del desprecio ni de traición ni tretas. Nada del daño y los remordimientos. E intuyen las lesiones y nuestros desencantos. Y lamen tus heridas, al menos las que sangran. Y agradecen aún el pan y alguna sobra y una caricia o un gesto. Y saben dónde guardas el queso y las galletas. Y envejecen con todas tus costumbres, como uno más de ti, con su pelo ya débil y su imagen gastada. Al margen del final, seguramente. Porque son los que cuando, día a día, perciben que te vas, se resignan, se tumban, se adormecen, te vigilan y aguardan, y no se nos separan y, como siempre, esperan.

(C) Aurelio González Ovies

Al paso de los años



Cuando te conocí era todo hermosísimo como esta tarde, hoy. Asomaban gaviotas por detrás del ocaso y los prunos brotaban como si abriera marzo. Ya estaban las mimosas, como ahora, inflamadas, y nuestros cuerpos, jóvenes, con su insaciable instinto. Cuando te conocí sentía tantas ganas de verte a cada instante que los días se hacían terriblemente largos. Te soñaba en los sueños, te veía en la lluvia, te tocaba en la brisa, te notaba en la luz. ¡Cuánto nos aguardaba desconocido y grande! ¡Cuántos momentos, cuántos; cuántos inolvidables! ¡Cuántas fechas certeras! Miro atrás y comprendo: no ha pasado el amor. Han pasado los años.

Han pasado los años, pero eso nos permite ser más libres en todo, pisar con más firmeza en cada paso dado. Y hablar desde el silencio cuando a nadie interesa lo que vas a decirme, cuando solo queremos entendernos nosotros, cuando nadie es capaz de saber qué expresamos. ¿Qué importan tus arrugas, tus manos ya manchadas, mi cuerpo entumecido, mis noches en vigilia o el caer de mis párpados? ¿Qué mis tantas manías y todas tus costumbres, si a todo cuanto ocurre y a cuanto nos rodea estamos, más que nunca, acostumbrados? No ha cesado el cariño. Han cesado el verdor, el fulgor, la frescura, como ocurre a los árboles y a mis expectativas o al brillo de tus labios.

Deseos, espejismos, fortaleza, coraje, sí, es cierto que han menguado, pero ello nos consiente estar más tiempo así, sin distancias ni asombros, sin menos y sin ‘mases’, sin dudas ni reparos; ello nos deja ser como en realidad somos, dos seres que se admiran, dos almas que se buscan, dos nombres que van juntos como el fondo y el mar, como el sol y el verano. Ello nos facilita subir a cada noche más serenos y cómplices y en plena oscuridad vernos completamente sin apenas mirarnos.

Es cierto que la piel y el gesto y la sonrisa también han agrietado, pero reconocemos mejor el dolor de la tierra y el sentido del mundo. Percibimos, sin más, la belleza grandiosa del instante acabado. Y agradecemos una y otra vez la dicha de amanecer y oír la quietud del rocío y el canto de los pájaros y sentimos que sí, que han cedido las fuerzas y se acorta el camino, pero queda el amor con toda su heredad, con todo lo que existe desde mi corazón hasta tus brazos.

Sin respuesta



SIN RESPUESTA

Pasan los años raudos como inasibles briznas. Camino hacia un futuro que es presente y pasado en un instante. Todo sucede ahora cada día más pronto. Pasan los años ágiles y el tiempo se reduce. Menguan las intenciones y se acortan deseos y perspectivas. Y cuántas sensaciones por descubrir aún. Cuántos interrogantes me quedan sin respuesta. Cuántas incertidumbres en torno a cuanto avisto a lo largo y lo ancho de la vida.

¿Qué permanecerá de lo que puebla el mundo? ¿Qué entidad poderosa regirá sus principios? ¿Quién filtrará las aguas? ¿Quién templará las hebras de la brisa? ¿Qué será de estas tardes de invierno tan desnudas cuando el frío no acuda a su geografía? ¿Cómo estará la tierra de exhausta y agrietada? ¿Quién dará azul al cielo? ¿Quién rubor a los frutos? ¿Quién al amor sus chispas? ¿Cómo fabricarán otoños y crepúsculos en los laboratorios? ¿Quién sustituirá al cuervo y a la garza? ¿Quién al manzano ardiendo de candor?¿Cómo será la lluvia de mentira?

Y cuando la mar muera, ¿qué artificio entrará en sus honduras? ¿Qué peces crecerán entre cemento y fibra? ¿Y quién recordará la pasión de los faros por las noches oscuras? ¿Quién la nostalgia de suelo firme que circunda las islas? ¿Qué podrá parecerse a una jornada hermosa de primavera? ¿Qué a la fragancia intensa de los espinos? ¿Saldrán flores de almendro de las fórmulas químicas? ¿Y qué de las montañas? ¿En qué despeñadero terminarán tumbadas? ¿Dónde se posará la nieve que se invente? ¿Existirá el mañana? ¿Dolerán los recuerdos? ¿Habrá nubes sin prisa?

¿Se borrarán acaso todos los caminos si es que no se camina? ¿Se licuarán los mapas con sus marcados límites? ¿Quién ornamentará de nuevo otra naturaleza? ¿Y quién diseñará la longitud suavísima de las serpientes? ¿Habrá serpientes, jilgueros, estorninos y avispas? ¿Qué significarán felicidad y angustia? ¿Para qué la veleta de los sentidos? ¿Sentir qué de la nada? ¿Cómo se accederá a la melancolía?

¿Nadie describirá jamás la dicha de estar vivo? ¿Nadie se admirará del majestuoso umbral del firmamento? ¿Persistirán la luna, los astros y el poniente y el mediodía? ¿De lo humano perdurará una huella? ¿Un mínimo vestigio de su talante? ¿Y qué será de Dios? ¿Dónde verter su sombra planetaria? ¿Cómo encubrir su presencia infinita? ¿Quién dará testimonio del gozo y del tormento? ¿Quién dotará de voz al abuso y la culpa? ¿Quién manifestará la frágil prontitud de la belleza? ¿Ni un corazón al menos? ¿Podrán exterminar la poesía?


A los de mi tierra



A LOS DE MI TIERRA

Canto a los de mi sangre. Canto a los de mi tiempo. A todos los que hicieron posible mi pasado. A todos los que dieron esta luz tan presente. Canto a los que prendieron la mecha que mantuvo la chispa de este largo trayecto hasta el futuro. A los que madrugaban y, con la vida al hombro, pasaban por mi casa camino de la mina, con los bronquios gastados, la mirada enterrada y un candil primitivo de ácido carburo. Canto a los de Gozón y sus contornos. A los que nos tallaron pegollos perdurables. A quienes nos legaron el pan con su salud y su filantropía. A los que nos labraron la tierra impenetrable con sus dedos tenaces y tozudos.

Canto a la amanecida de aquellos pescadores que cruzaban el alba con los remos y nasas, ‘gaxartes’ y ‘bistoncias’, ropas de agua y la dicha de compartir un chusco. Y a todas sus familias, numerosas y humildes, que tejían las redes y vendían la marea y recorrían los pueblos. Canto a su voz de madre y de mar cariñosa como la que se escucha, a lo lejos y cálida, en la concavidad de los turullos. A la costa que ciñe el talle de Bañugues y a sus acantilados, por donde se subía el guijo y la madera, la rucha, el mineral, y el salitre y el ocle y en muchas ocasiones los despojos, los náufragos, los lamentos y el luto.

Canto a todas las casas, habitadas y en paz, con hijos y balcones, con coladas inmensas y ropa echada al verde y gallinas y perro. Casas que desprendían olor a hollín y a esfuerzo, a pimentón y a humo. Con pasillos y cuartos desconchados y estrechos, donde dormíamos muchos. Casas llenas de amor, donde todas las tardes se escuchaba el batir de yemas para aquellas tortillas sabrosísimas. Casas con almanaques y recibos y radio, y un san Pancracio encima del contador de luz; sencillas y sin lujos. Canto a su cal bendita y a sus puertas abiertas noche y día, sin tregua. Sin tregua como cuanto nos dieron para siempre: honradez y razón, cariño y sentir puro.

Canto al paisaje hermoso donde aún me adormezco cuando quiero mirarme, saber de dónde vengo, recordarme radiante, altamente seguro. Y retorno al salitre y a la hierba cortada de la infancia; recorro sus parajes y hay rocío y bidones y eucaliptos y norte y toperas y gallos. Y humea el cucho. Y regresan mujeres con lechera y madreñas. Y se esconde la luna. Y soy feliz de nuevo. Y rebuznan los burros.

(C) Aurelio González Ovies

¿Será toda la vida mi vida así?


Padres, cómo lloran los ríos y los abetos. Cómo os llaman la miel y las almendras. Cómo os echan de menos el acebo y el alba, la niebla y el rocío. Cuántas horas tan lejos de vosotros. Cuántos años de ausencia y desconcierto. Cuánto tiempo baldío. Cuando diciembre asoma, cuánto calor al alma trae su frío. Enmudecen las cumbres y los establos, los viejos lavaderos, el musgo, el petirrojo. Todo calla y es hielo. Todo desprende copos de ineficaz olvido. Y vuestra lealtad respira en cada cuarto. Y vuestra gratitud, en cualquier gesto. Y vuestra voz aquí, conmigo, dentro. Siempre conmigo.
Cómo recuerdo ahora aquellas tardes dibujando tranquilo, en la cocina, siluetas de montañas y camellos y una estrella cometa que indicaba el camino. Cuánto aquellos momentos de paz, indescriptibles, en los que atravesábamos la humedad de los bosques y el tul de la mañana para encontrar un pino. Cuánto los altos muros de vuestros brazos alrededor de mí. Cuánto. Cuánta inseguridad en cuanto alcanzo. ¿Será toda la vida mi vida así? ¿He de rememorar un día y otro día la emoción y verdad de lo perdido?
¿Causa de tanto amor esta ceguera? ¿De desengaño acaso? ¿Os nombro a cada paso porque no soy capaz de avanzar por mí mismo? ¿Es carencia del ser que me acompaña? ¿Quizá debilidad y miedo a lo que espero? ¿Es cobardía pura? ¿Puro vacío? Dudo de todo cuanto llega y pasa. De todos cuantos dieron su nada y su egoísmo. ¿Es distancia o confín esta sazón? Cada día más aislado de lo que tengo cerca. Cada instante más cerca de los que habéis partido.

Encenderé la noche. Evocaré el pasado. Nada con más certeza que lo vivido: es diciembre en la tierra. Huele toda la casa a espumillón y a calma. En las calles ya empiezan a alumbrar las bombillas. Comienza a chispear la pena que desprenden los villancicos. Justo ahora os necesito más que en esa orfandad diaria en la que tanto me hundo y tanto os necesito. Venid, aunque no sea más que en forma de sombra, con carácter de humo. Acercaos al mundo. Hay soledad y luna. Y la mesa está puesta con el amor de siempre, con castañas y uvas y pan de higo. ¿Pero con quién dialogo? ¿Existe lo imposible? ¿Siguen vivos los muertos? ¿Os llegan estas súplicas? ¿Y todos mis deseos? ¿Reconocéis mi letra? ¿Las señas que yo tengo serán correctas? ¿Recibís las postales que os escribo?

(La Nueva España, 25-11-2015)

Paz y poesía






PAZ Y POESÍA

Aurelio González Ovies

Cambiaremos el mundo con paz y poesía. No lo duden ustedes, y recuerden: con paz y poesía, porque son alimento que nutre y no destruye. Son el sabor indispensable de la luz. Fuerza de la corriente y del amor. Esencia de la altura y todo lo que cubre. Paz y poesía en la leche materna y en las enciclopedias que los niños aprenden de memoria y por siempre. Y en los alrededores de las fábricas y capitolios donde unos se enriquecen y otros se pudren. Paz y poesía en los vacuos discursos de los que nunca callan y mienten con vulgares anáforas y pronuncian promesas menos creíbles cada día. Y en los grises vagones que bajan a la vida de millones de seres que no conocen más que el llanto y lo insalubre.

Paz y poesía en los caros altares de los patriarcas y en sus manos cargadas de oro y frenesí que distancia y destruye. En las flechas y el arco que aún siguen despoblando la foresta y horadando linajes. En los uniformes de los que están carentes de libertad y gesto y pan y lumbre. Paz y poesía para todos aquellos que, sin pasado, cruzan países y presente en busca de futuro. Para quienes aúllan sin cesar en una enfermedad hecha costumbre. Para los inquisidores y los gusanos y las manchadas manos del timador, el fratricida y el verdugo. Paz y poesía incluso hasta en los muertos y sus ojos hundidos y su aliento de azufre.

Poesía y paz desde este instante tan fugaz hasta la eternidad más infinita. Desde mis vastos deseos hasta vuestra unidad indisoluble. Desde que somos hasta que no estemos. Desde la lluvia hasta la fiebre. Desde los sentidos que nadie ha percibido. Poesía y paz para las semillas que todavía no se han creado y la soledad que nos aguarda y el árbol que aún no espurre.


Poesía. Paz y poesía para los salarios de los que no hecho más que herir desde un principio. Poesía y paz para el olor a cáncer y su sabor a herrumbre. Paz desde donde comienza la tierra y allá donde termina. Poesía en su vértigo y en todas sus fronteras. Poesía en las horas de espanto y del adiós. Paz en los itinerarios de los prófugos y las oscuras leguas que arrastran de techumbre. Poesía y paz en los polos opuestos y en las armas ocultas. Paz en las intenciones de cualquier corazón. Poesía en la réplica de todo el que pregunte.

(La Nueva España, 11-11-2015)

Otra vez octubre



(C) Aurelio González Ovies
 

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