Siento cómo voy acercándome al final,
cómo han cambiado en mí
el cuerpo y el carácter,
qué distinto me miran los árboles
que miro, cuántas cosas
atrás, qué breve este camino,
qué distancia tan grande.
Qué soledad asoma
cuando pienso en mañana,
cuánta herida en la piel
de cada tarde.
Siento
cómo voy avanzando hacia un incierto ser,
desprotegido y tímido,
tenaz ante la muerte por tener que dejarte.
En este libro de artistas de Aurelio González Ovies y Elisa Torreira la distancia es compañera de la cercanía como la imagen de la palabra. Fotografías y textos se aproximan conservando el dominio de su ámbito característico. Podemos hacer hablar a las fotografias a través de la poesía de Aurelio y revestir de imágenes los versos a través de las visiones de Elisa. El libro es muy hermoso, amable en su textura, tamaño y tipografía. El hilo azul de las costuras es un sutil conductor y al encontrarlo en algunas de las páginas deviene en parte del diseño y algo de letra también tiene.
La distancia en las palabras del poeta se convierte en un éxtasis que nos devuelve hacia una interioridad plenamente asumida. Si algo nos falta es porque lo percibimos desde un siempre que no se entiende sin un nunca, desde un aquí que sin distancia nos consumiría. La falta es riqueza, el anhelo plenitud; el pasado infinito cabe en un milímetro:
Cuánto pasado para haber caminado tan escaso trayecto.
La ingente distancia de estos versos es la esencia del amor, la condición humana, la dialéctica del cerca y del lejor, el mito griego del rico y la pobre que engendran al opulento siempre carente enamorado de la belleza y que en su perpetuo movimiento necesita y abandona, arriba para zarpar de nuevo, para alejarse se acerca.
Mis ojos solo vieron lo que nunca miraste. Mi voz ahora pronuncia lo que ya no comprendes.
Es siempre asombroso constatar cómo la negación puede afirmarnos y cómo y en las palabras del clásico el orden es la mudanza. No hay estatismo aunque nuestro devenir pareciera apetecerlo. El instante siempre escapará y esa es su única eternidad posible. Solo en un trance místico -y también será apariencia- podríamos dejar nuestro cuidado olvidado entre las azucenas. Las horas pasan y vulneran todas, la última quién sabe si lo sea:
Dibújame el tiempo. Traza con tu voz infinita el fulgor de las horas que he pasado contigo.
En cada uno de los extremos de la ingente distancia hay un yo y hay un tú. Los pronombres sin embargo son máscaras intercambiables de una sola esencia que quizá -siempre quizá- posea también el secreto de la cercanía. Lo ingente hacia adentro crece y ahí habitamos, extraña ínsula.
¿Qué dirección es esta que lleva a ningún sitio? ¿Qué país el que habito alejado de todo? ¿Qué isla corresponde a mi desobediencia?
Aurelio González Ovies es. como en aquella categoría filosófica de Paul Ricoeur, para Marx, Nietzsche y Freud, un poeta de la sospecha. Porque desenmascara las mismas esencias y porque mira de abajo hacia arriba y decodifica el mensaje de las estrellas, la dulce herida de la luz.
Sospechaba esta herida en aquella certeza: te acercaste a mí siempre con ingente distancia.
Entonces este ahora de luz se nos abre en las manos y nos fía los secretos de la sombra.
Entonces es un libro que lleva a su poeta hasta el corazón de los lectores, para que ellos lo alberguen, lo interroguen, le den agua y pan y obtengan acaso las respuestas más hermosas y sinceras a todas aquellas dudas que laceran la existencia.
Entonces es un racimo de doradas uvas de palabras, es un árbol que surge de la amada tierra, es secillez y experiencia, aceptación, desahogo y calma.
Aurelio González Ovies ha vertido en este poemario editado por BajAmar el vino exquisito de su sensibilidad y sabiduría. Sus letras caminan con nosotros por las avenidas del siglo XXI, pero pudieron haber caminado de la mano del Tíber al lado de Marcial, de Horacio y de Ovidio. El tiempo que huye y el día que se goza, la imagen de la huerta, el rostro de la rosa, la vida que huele a hierba... me hacen pensar en aquello que dijo Borges, si acaso un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra y ese espíritu del hombre único, esa esencia de lo humano habla por la boca de Aurelio y por su mano se escribe:
Lo nuestro -y es muy poco- está
sobre la tierra.
Es muy poco pero es todo. Es mentira pero con verdad vivida. Y quizás y sobre todo es esperanza y ni siquiera en el otro mundo sino en esta transitoria y falaz, frágil y huidiza, mentirosa realidad:
Esta mentira
en la que voy viviendo
será la verdad única
que llevaré conmigo.
Entonces nos convoca, nos camina, nos pierde y nos hace encontrarnos en una soledad distinta. Clara, amplia, iluminada. Es una habitación esa soledad de Entonces. En ella bien se vive un bien estar con nosotros mismos. En ella todo se acepta porque todo se comprende:
Sentí un dolor inmenso,
como de un gran impacto
o de felicidad.
Volví los ojos:
comprendí que mi vida
-qué leve soplo-
había pasado.
Entonces tiene seres y hermanos, madre, padre y alma. Y tiene sed, mucha sed de luz que es el agua del poeta y sabe de ausencia y de recuerdo y calla. Y acepta que así sea todo, siempre tarde y nunca y nada. Y que si todo esto es una mentira, habrá que vivirla como una verdad. Y que en la fragilidad de todo lo que nos rodea y todo lo que somos habita, imperecedera, la Belleza.
Aurelio González Ovies. Madrid, mayo 2017. Foto: Marigabrielle Carrillo
Esta es mi casa.
Te abro sus puertas.
Entra y comparte el calor
que habito. Mi amor aún
duerme. Mira la vida
que edificamos.
Mira su amparo.
Nada nos falta,
solo más tiempo.
(Aurelio González Ovies)
Si algo nos sucede en la vida fundamental, elusivo, duradero e íntimo, ello ocurre dentro de nuestra casa. Nuestra estancia. La que tenemos o hemos tenido, la que ha sido y la que podría ser. O una mezcla de todos los espacios que han transitado por nosotros, los reales y concretos quizá pasados y los soñados acaso, que podrían ser nuestro futuro.
Aurelio González Ovies, en un año especialmente prolífico, acaba de publicar Estancia Fugitiva, bajo el sello Creática, en la colección La Grúa de Piedra. El poemario se extiende en un formato horizontal que parece desdoblar el tiempo creativo sobre el tiempo existencial. Ingrávido nos pesa en las manos como solo sabe pesar el tiempo fugitivo, ese que nos deshebra y labra, que nos deja exangües al colmarnos y así todo en contrario de sí mismo desde el fin hasta el comienzo.
El poeta sostiene la tragedia humana del devenir irremediable con un amor infinito que puede convertir la sombra de la ausencia en presente luz. Así, en Recurrencia, nos dice:
Sueño con lo que tengo. No aspiro a más que a despertar día tras día y al comprobar tu luz desprenderme de sombras.
¿Hay ejercicio más humano que el intento de habitar en nuestra fugitiva estancia? Ahí crecer, desenvolverse, nacer de un cierto modo, asomarse hacia la muerte, quizá nacimiento o lugar del definitivo encuentro, de la imposible recuperación de las eurídices? Orfeo no lo sabe, no tiene la certeza, de ahí la belleza de su música:
ÓRFICA ¿Si bajara a la muerte, te encontraría?
El poeta pregunta, porque todos preguntamos o no debemos dejar de preguntarnos por el tiempo, aunque así nos demos cuenta que no sabemos, que no podemos saber a dónde va toda esa ¿aparente?...
PLENITUD Solo cuando entro en ella salgo de este vacío mundo que me encierra.
¿Estamos encerrados, entonces? ¿Somos la arena que se desliza hacia otra parte de nuestro propio reloj? ¿De la realidad al sueño y viceversa, en un tránsito de equivocaciones y aciertos que a su vez cambian de signo, acostumbrándonos a su vértigo? Podemos, con el poeta, alcanzar la sabiduría, aventurar el riesgo de una ...
REVELACIÓN La realidad es un instante del sueño. El sueño es una fase de la mentira. La mentira es un recuerdo de una verdad. La verdad es un resquicio de la memoria. La memoria el sueño de otra realidad.
Este tiempo que somos y que no sabemos, esta alma y este cuerpo y este amor que somos son estancia fugitiva. Huímos sin cesar y estamos incesantes. Esa condición es nuestra casa. Lo será y lo ha sido. Así nada nos falta, solo más tiempo.
María García Esperón
Roma, 4 de junio de 2017.
Post settings
Labels
Published on
6/4/17, 4:21 AM
Hora de verano del Pacífico
Permalink
Location
Options
Coordinado por el profesor y poeta Aurelio González Ovies, el recital La voz, la tarde inundó de poesía la tarde del 29 de mayo de 2017 en Oviedo. Los alumnos del taller de poesía del Pumuo-Universidad de Mayores leyeron textos sinceros y bellos sobre su experiencia vital en el que más de una vez la emoción nos puso un nudo en la garganta. Los niños del CP Jaime Borrás, dirigidos por Alfonso Pascón también participaron on un saber estar en escena que a todos nos arrancó entusiastas aplausos.
Un honor participar en este recital al lado de la joven y destacada poeta Sandra Sánchez y del gran Francisco Álvarez Velasco, una de las voces más hondas que tiene hoy la poesía española. Gracias a Aurelio González Ovies por su generosidad infinita y por haberme invitado a vivir esa tarde tan plena al lado de sus alumnos y amigos muy queridos.
Magia y frescura poética en el Colegio Loyola de Oviedo al lado de Aurelio González Ovies, el maestro Miguel y los alumnos que se miraron en el espejo de la poesía y aventuraron con buena fortuna su propia voz. Una mañana para la memoria.
En La Fabulosa Librería acudieron los clásicos para rescatarnos de la indiferencia y la sin razón, para llenarnos los oídos y el alma con las palabras de Aurelio González Ovies y la participación luminosa de los asistentes: Isabel, Pablo, Pedro, Carolina, Sara... y nuestra anfitriona, también fabulosa, Ana Garralón.
Los años me lo dictan. Los días me lo enseñan: no busques más allá. Todo está en este ahora. En esta breve estancia que va de ti hasta mí. En esta circunstancia que tal vez ni transcienda. En la gente que está, siempre más siempre, siempre. Aunque no los abraces, aunque no sean de cerca. En los seres que son, por encima de todo, no por ser como quieres, sino porque ellos son como quieren y gustan, te agrade o perjudique, te incomode o te hiera. Mas son así y son ellos, los que nunca te buscan cuando te necesitan. No aquellos que te añoran tan solo cuando ven que faltas o te alejas.
Todo está aquí y ahora. En la luz que ilumina los instantes difíciles. En las manos que saben que tus manos no aprietan. En la voz que presiente que tu voz ya no habla con aplomo y hondura. Que tus ojos no miran con igual perspectiva. Que tu realidad se estanca y ya no sueña. Ese es el equipaje para cualquier camino. Esa es la compañía para todo el trayecto. Ese es el mejor séquito para la vida entera. Los que intuyen el aspa de un leve movimiento. Los que nunca preguntan cuánto te has confundido. Los que en noches cerradas te perciben a tientas. Los que extienden los brazos cuando aún queda mucho por recibir o dar. Los constantes, amigos. Los que estuvieron, sí, pese a distancia y frío, pese a tiempo y penurias, pese a bruma e inclemencias.
Aquí y ahora, todo. Ahora, como esa luz tan frágil que nos cierra la tarde o agrieta la mañana. Como cuando tú lees lo que yo escribo, que es pura coincidencia. Como estos pasajeros estorninos que cruzan el cielo de febrero o esta nube que anuncia la lluvia repentina. Aquí, con esta sensación de perdurar tan poco. Bajo este cielo anclado con vistas a la tierra. Muy cerca del destino a cada paso dado. Muy al norte del sur de las estrellas.
Los días me lo anuncian. Los años me lo enseñan. Es demasiado tarde para volver atrás y no alcanzar más que sombras de sombras. Tarde para perder un hueco en la ocasión que acude, instante a instante, y encaramarse al carrusel del mundo. Y tarde, casi, incluso, para no proceder con mesura y firmeza. Tarde como cualquier indecisión u olvido. Muy tarde para siempre, como cualquier irreparable pérdida.
En los Encuentros Poéticos del Antiguo Instituto en Gijón, Francisco Álvarez Velasco presentó a Aurelio González Ovies el 10 de febrero de 2017. Se contó con la participación musical de Dani García de la Cuesta.
Poesía desde el Norte se llamó esta oportunidad extraordinaria en que, para empezar, Paco Álvarez Velasco emocionó a los 150 asistentes con un sentido retrato, paseo poético en el que conjugó la más entrañable literatura española en tiempo de Aurelio: sencillez, humanidad y belleza.
Posteriormente el poeta hizo una recorrido por toda su obra, comenzando por lo que él designa el paraíso, los poemas de juventud de La hora de las gaviotas, los eternamente jóvenes de Nada; ofreció su poesía para niños, también poesía sin edad, la indagación en la naturaleza humana y el sentido del hombre en la tierra en Tierra de nada, el hontanar de la lengua asturiana en Ubi sum, poemas inéditos de su última producción y en voz de Francisco Álvarez Velasco el primer poema de Vengo del Norte. Porque nunca es puntual el tiempo para dejarnos solos, Aurelio dejó una esperanza infinita en el último poema que leyó, que bien se duele, pero mejor espera:
Dejo encendida, siempre, la luz por si volvieras
y una llave detrás de las macetas.
Gracias a Angélica Menzinger, que formó parte de esa asistencia emocionada en el Antiguo Instituto, nos ha llegado a esta orilla el recital Poesía desde el Norte. En estos días que corren y en todos los días, la obra del poeta asturiano es ese lugar en el que todos podemos reconocernos y comunicarnos, hacer la paz y romper los nombres, beber agua fresca del manantial de la Palabra. La Palabra siempre viva de Aurelio González Ovies.
Estos días no son como aquellos que fueron. La ilusión relucía con los primeros astros, en la voz montaraz de las mañanas, en el hielo afilado del camino. Diciembre, baja la luz como evocada y lenta, estrena el frío sus petirrojos tímidos. Nada existe alrededor más que narvaso y vaho que despide la tierra. Pero soñamos. Estos días del año no son como ninguno. Parece que la vida es menos peligrosa, que silencia sus garras y aminora su ritmo. Soñamos como sueñan los brotes de las zarzas, los vástagos del mar, los sueños campesinos. De la escasez germina la abundancia, así nos lo enseñaron y así nos lo aprendimos.
En los escaparates, entre las zapatillas y el jabón y algunos polvorones esparcidos, ponen unas bombillas que apenas iluminan, pero llenan de magia los objetos, a los pocos paquetes que hay expuestos, a los frascos con agua de colonia, a los pañuelos blancos con la inicial bordada, a la torta exquisita de pan de higo. Es la misma ventana del bar tienda de siempre, donde anuncian alubias y caldo y funerales, pero en diciembre todo deja de ser lo mismo. En diciembre las horas vienen con más holgura, suceden despaciosas y huelen a humildad como huele el cocido.
En casa también suena un tiempo muy distinto. A la entrada, mi madre, entre algodón blanquísimo, sobre la zapatera, pone a dormir al Niño. Y tan pronto abre la caja con guirnaldas y adornos, que duerme todo el año encima de un armario, y se coloca el árbol, en un tiesto cubierto con papel plateado, al fondo del pasillo, algo cambia en el mundo de sus cuatro paredes, como si un brillo extraño alumbrara los cuartos, como si una esperanza se ocultara en los techos, como si algo en nosotros intuyera una estrella. Despide todo copos de cariño.
En la escuela se nota más que en todos los sitios. Los maestros no pegan ni castigan ni riñen como hacen casi a diario. Dibujamos estampas y rotulamos ángeles, llenamos las ventanas de acebos y belenes y campanas y cirios. El mes entero estamos preparando estas fiestas, con la estufa encendida, sin quitar el abrigo, recortando y pegando, recitando oraciones y ensayando estribillos de villancicos. El paisaje es muy triste pero vale la pena. Oscurece enseguida, enmudece la luna. Los árboles se quedan desnudos y callados. Y se ven muy nevados, a lo lejos, los Picos.
Marial, te entrego el mar que a mí me pertenezca y de tu inmensa hondura le propones un fondo. Te ofrezco el horizonte de Verdicio, sus tardes silenciosas, su ganado paciendo, sus maizales extensos como la claridad de agosto. Te doy frutas maduras, legumbres muy tempranas de un libro que escribí sobre la tierra.
Yo te imagino, a veces, en las sombrías riberas de un río manriqueño; refrescando los pies en las pozas profundas de sus sílabas. Te veo en una orilla donde las olas beben sus encabalgamientos. Vas playa adelante y es verano. Llevas en torno a ti anáforas de luz y blancas mariposas en hipérbaton. Y te gusta observar cómo se escurre el oro de la arena entre los dedos, la lejanía de las gaviotas que rondan los pesqueros, la sal de la nostalgia con que compone Alberti.
Te sospecho en el norte de tu infancia, sobre un verso muy tierno de Neruda. Entre el veloz nordeste que agita las coladas. A través del invierno y sus hórreos de frío. Te supongo sentada, con muñecas y estrofas, en antojanas rústicas donde ya te cegaba el sol sobre la cal de los muros inéditos de Juan Ramón Jiménez.
Marial, te mereces las sábanas bordadas de la literatura, el aroma a manzana plegado entre las páginas de Asturias. La niebla que desprenden las cantinelas nobles de los agricultores. Las letras capitales de la historia de un siglo que te rinde su historia. Mereces la ternura y el entusiasmo con que injertaste esquejes de la lírica.
Yo te imagino siempre con un libro en el pecho, sola, recostada entre espigas y amapolas de Claudio; ventilando romances de Machado en los páramos; acariciando el ritmo y la sintaxis. Enseñando a soñar en las aulas inhóspitas a los adolescentes, que hoy te llaman maestra y te llevan presente, en el amor, la vida, la memoria y la poesía toda que guarda el universo.
Marial, estas palabras mías no son más que palabras, pero quiero que sean admiración en quiasmo, sinónimas de gracias, metáfora de un beso, de todo mi sentir, mi admiración sincera, mi amistad verdadera y hectáreas enteras de cariño y respeto.
El olor de la higuera a menudo me lleva hasta tus brazos. Todo, en otoño, guarda una enorme tristeza. Las calabazas solas en el suelo pelado de las huertas. La nube que se aleja como un niño cansado. El roto espantapájaros que cuidaba el maíz entre el narvaso húmedo. Las castañas que secan sobre el papel de un diario en el alfeizar. Las botas de algún padre a la puerta de casa. Los cuartos que ventilan, tras el balcón abierto. El gato que se duerme, con su pelusa hermosa, dentro de una madreña. La hortensia que plantaste junto a los crisantemos. Los crisantemos blancos que ahora son para ti. El barreño posado sobre el brocal del día. El jabón que perfuma la colada soleada. El origen del pan. El bote de la nata que duerme en la fresquera.
Todo oculta, en otoño, una especie de asombro y de melancolía. La espadaña que asoma, a lo lejos, cansada. Las campanas que tañen somnolientas. El petirrojo tímido que salta en tus pupilas. Las manzanas caídas como un don inservible. El rosal que, tenaz, florece entre los muros de una heredad desierta. El tractor que se pudre entre ortigas y zarzas. El ladrido del perro que aguza el cazador. El disparo sombrío que da muerte a la presa. Los árboles sumisos que derraman su anchura. La gaviota extraviada que grazna en la ciudad. El bullicio del mundo con toda su fatiga y todas sus sirenas.
Todo anuncia, en otoño, una sombra cercana. El riachuelo raudo que en breve se congela. Los ancianos que salen de paseo, abrigados. El labrador que aparca su afán y sus aperos. El tinte del crepúsculo, la púrpura del brezo, la orfandad de la tierra. El crujir de los cuerpos, la edad que avanza firme. El herbazal que tupe la voz de las aldeas. Los caminos que cierran para siempre. El pescador con una mar de trabas. La mina y los candiles que se extinguen. El ganado que, año tras año, mengua.
Todo, en otoño, sabe a memoria y a humo. Todo contiene gusto a sosiego y madera. El cobre de la luz que tarda en despertar. La brisa y su galbana sobre las hojas secas. El paso de las horas y su espacio insalvable. La fugaz indolencia de un domingo cualquiera. La metáfora anchísima del invierno tan próximo. Las aves que se van. Las chimeneas calladas. La lluvia y su cadencia. Todo en otoño es víspera de poema.
Yo sé que nada regresa, que nada
vuelve nacer, que lo que tuvo
nun ta, que nada ye lo que fue.
Eso sélo, ya lo sé. Sélo dende bien
pequeñu, dende que vi que crecer
yera dir dexando atrás aquello qu'ún
más quier: les caleyes que conoz,
la mano que nos calez, el corredor,
onde'l mundu paecía lo que
nun fue. Dir dexando atrás.
pa siempre,
todo lo que nos fizo ser/ a la imaxe
y semeyanza/ d'aquellos que nos
amaron/ como naide más nos quier.
Pa siempre, pa siempre, atrás,
como mañana y ayeri, como l'agora
y el llueu, como l'antes y el después.
Pa siempre, siempre pa siempre.
Eso sélo. Yá lo sé.
Y onde toi / nada permanez que puea /
devolveme dalgo fe / nes mentires
que me valíen pa siguir tando de pie,
pa engañame día tres día, qu'al fin
y al cabu, nun ye / más que l'embuste
la vida: perder, guerriar pa perder,
encariñase, sufrir, pa, al fin y al cabu,
perder.
Onde toi, miro, respiro y noto
que me duel reconocer que nun topo
nada apenes no que me reconocer.
Namás que'l cielu, el regueru,
la figar, la mar, les peñes y dalgún
cachu paré, au s'echen les llagarteses
a asolinar. Esto ye / lo que me queda, lo que
soi de lo que fui, más lo que nun pude
ser.
Con
los ojos del poema veo el mundo de otra forma. Alargo la longitud y
estanco las diferencias. Se me agigantan los sueños y la realidad
desborda. Siento que me hieren menos las presencias insalvables; y que
ya no me hacen daño ni las palabras sin fondo ni el triunfo de la
derrota. Subo a las salas del tiempo y examino sus probetas, comprendo
por qué sus lapsos, por qué su eterna premura o, en el dolor, su demora.
La poesía me salva de la común indolencia y me acompaña, infalible, con
su humildad campesina, como el aire del que vivo, como el silencio y la
sombra. Me concede libertad y me acoge en sus delirios, desprendida, a
cualquier hora.
La poesía es un estado de ceguera
perspicaz, un incontrolable instinto de pasión desoladora, una fiebre,
un acueducto que nos exilia del alma y nos trasborda a la sed, como
cuando se es muy joven, brillante como la luz, y el corazón se enamora, y
el amor enciende a diario, cada noche, sus luciérnagas y asistimos a
sus templos en cuadrigas de deseo, con desbocada emoción, igual que el
fugaz ahora.
Con la poesía alcanzo los páramos
imposibles y desde su majestad me engrandezco y vocifero, nombro lo que
no se nombra. Recupero trascendencia y dilato el sentimiento y accedo a
todos los túneles de la infinita memoria. Yergo verdades ocultas,
desentraño incertidumbres, confieso remordimientos y escucho lo que
susurra la lluvia sobre las rosas. La poesía me ayuda a arrastrar lo que
ignoro, a suponer lo que habito, a sospechar lo que falta en virtud de
lo que sobra. Y me es necesaria siempre, por lo que me hace vibrar, por
lo que canta y no dice, lo que sugiere y preserva, lo que actualiza y
añora.
Y adivino en tu carácter montañas y
riachuelos que desembocan en lunes, casi al pie de mis orígenes, muy al
norte de la historia. Percibo las intenciones injertadas en tus labios,
admiro la magnitud de cuanto pronuncia el humo que se escapa de tu voz,
los fragmentos de belleza que emergen de tus lomas. Pronostico la salud
que aún permanece en los pájaros y en qué rincón del otoño, como mi
padre hizo un día, la muerte me cubrirá con el ocre de sus hojas. Sé
tanto como el espacio, soy más que un instante apenas, me acerco a lo
inaccesible, espanto lo que me asola. Y en ella amarro las bridas de
todo cuanto me tienta, de cuanto miente y me atrae, de cuanto pierdo y
me llama, de cuanto espero de ti y jamás conseguiré por ser la vida tan
corta.
Vengo del Norte, de los acantilados de un destierro... La voz de Aurelio González Ovies se escuchó en el acogedor ambiente de la Librería Juan Rulfo del Fondo de Cultura Económica en Madrid colmando a todos de altas, sublimes emociones.
Habíamos preparado este encuentro desde el pasado abril en donde en la misma Librería dejamos la promesa de volver dejando surcos llenos y un retorno, como dicen las palabras del libro que ahora nos reunió y que se llama Vengo del Norte.
Poesía es eso que sucede en el corazón. Poesía es reunión humana, transformación y encuentro. Es voz y mirada, calor y una alegría muy íntima, que sucede en la interioridad sagrada de cada quien. Todo eso vivimos esa tarde del 4 de octubre de 2016, donde la hospitalidad de la Librería encabezada por Francisco Ruiz Barbosa se abrió a la palabra que viene del Norte como una fruta madura de oportunidad para que acontezcan milagros.
Milagros sencillos. Maravillas cotidianas. Amistad. Amor. Palabra. Y Patria. Una nueva, recién nacida patria de palabra en la que los caminos se reencuentren y enriquezcan con las experiencias del Norte, con los sentires del Sur, en ese espacio simbólico que encierra el nombre de México y que es el del centro del mundo.
Lugar de reunión, de puesta en contacto entre los orbes. Más que una presentación de un libro, Vengo del Norte en la Librería Juan Rulfo fue una comunión con esa enorme potencia de la palabra y esa dimensión de la esperanza que se llama Poesía. La Poesía de Aurelio González Ovies.
Aurelio González Ovies con sus álbumes de poesía infantil, presentes ya en Librería Juan Rulfo
Pedro y Carolina, de México, fueron los primeros en llegar
Aurelio firmando ejemplares de sus libros
Francisco Ruiz Barbosa, Gerente del FCE España e Isabel Bueno en un momento del rccital
Disfrutando la palabra de Aurlio González Ovies. A la derecha, Angélica Menzinger, que hizo una hermosa lectura
La Librería Juan Rulfo nos hizo sentir bienvenidos en todo momento
El libro de poesía con el que Aurelio González Ovies obtuviera el accésit del Premio Adonáis 1992 es ahora el lugar en que americanos y españoles nos pondremos en común en la Librería Juan Rulfo del Fondo de Cultura Económica, el 4 de octubre de 2016 a las 7 PM.
Siempre ahora y nunca siempre. La rutina tiene forma de avenida extensísima, con balcones que miran a balcones que miran a lo mismo. Y puentes que desaguan en puentes de otros puentes. Y ríos que discurren con costumbre de río. La rutina es falaz y nos engaña a diario. Nos convence, tal vez, de que no hay más camino. Ni más bifurcaciones. Ni más alternativa. Nos enfunda los ojos. Nos sella los oídos. Camela nuestras blandas voluntades de humanos. Ofrece expectativas de un cambio repentino. Pero nada se muda en la rutina apenas, mínimamente el alba, una lluvia muy leve, un insólito pájaro, una rama, un aullido.
Siempre siempre y nunca ahora siempre. La rutina se enrosca como una enredadera y trepa hasta cubrir lo que surge distinto. Nos vela de la luz aquello que pudiera destellarnos acaso. Elimina en lo nuevo novedad y atractivo. Es tan contradictoria como la vida, a veces. Nos obliga a aceptar lo que nos cae en suerte. Da posibilidades impedidas de mano, reduce las salidas, constriñe en sus imperios, en su habitual perímetro. Nos lleva a imaginar lo que no imaginábamos. Nos impulsa a añorar lo que jamás vivimos.
Desde siempre, por siempre siempre. La rutina genera circunstancias autómatas. Y pasajes sin fin como eternos pasillos. Nos transporta en sus trenes de exigida ida y vuelta. La rutina contiene estructuras de enredo, rituales de adicción, casta de laberinto. Posee bosques iguales y jardines iguales y barriadas iguales y extrarradios idénticos a extrarradios amplísimos. Y te confunde un día y otro día y un mes y un año y otro año y así, como ella fluye, hasta cumplir un siglo. Te engatusa y seduce con sus visos de experta, con sus pasos seguros, con su imán de inercia, con lo de que es mejor lo malo conocido.
Siempre lo mismo siempre, aunque nada igual nunca. La rutina conduce a provincias extrañas de nuestros sentimientos y echa de menos mucho no distanciarse un mundo y sufre con gran dolor el abandonar un sitio. Y hace viajes a viajes que no asumen trayectos fuera de lo frecuente. Y no puede arrancarse su vocación de círculo. Quisiera estar muy lejos del cielo de sus noches, mas al caer la noche solo anhela su cielo, el cielo de su noche, en su noche de siempre, en sus oscuros hábitos, en su propio cobijo. Rutinas del amor, por soledad, por fuerza. Rutinas por flaqueza, por cansancio, por resignación o aquello que otros dicen destino.
Pasábemos les tardes mirando pa la mar. Futuru y horizonte nun yeren muncho más de lo que son agora, mañana y otru día: alverbiu.
Y a cambiu d'unes ñubes fumioses y presentes nes que-y dicía qu'había pirates y princeses -la neñez y'el más noble escalón d'esta vida d'intereses y trueques- espetábame un besu.